La interna de la CTA

La interna de la CTA tiene todos los visos de ser un proceso autodestructivo. Ni siquiera de suma cero.

Cualquiera de las dos facciones que predominen en la contienda electoral difícilmente pueda obtener una legitimación profunda del resultado. El corte al interior de la central -entre más oficialistas y más opositores- es transversal, aunque pueda aparecer como recortado entre los dos grandes gremios que la componen (ATE y CTERA).

En todo caso, de ganar la interna la facción socialcristiana -oposicionista al gobierno nacional- la deriva esperable es hacia una paulatina limpieza “étnica” de kirchneristas en los ámbitos orgánicos que conduce. Tarea que, por otra parte, ya viene llevando a cabo, eso sí, muy “democráticamente”.

Pero esta interna, cruzada por la política y el alineamiento respecto del proceso kirchnerisa, quizá termina por ocultar el fracaso estratégico de la nueva central obrera.

Se trata de un fracaso más profundo, y que se verifica en términos estructurales e históricos (la central comienza su proceso de existencia allá por el año 91′).

Los fundamentos legitimantes de una nueva central obrera, su razón de ser, no pasaban, ni pasan, por la democracia interna (es elegante pero deshonesto denunciar la falta de democracia cuando uno es opositor interno, y ejercer el despotismo sindicalero cuando se conduce), ni por la independencia/pluralidad político-ideológica, ni por la mayor o menor “combatividad” de la acción gremial, ni por la pretensión de representar segmentos de la clase trabajadora huérfanos de organización (la CTA hizo bastante cuando se volcó a construir la FTV en los territorios, pero no fue ni la única, ni la más exitosa, ni mucho menos tuvo/tiene la exclusividad de tal representación). El fonde y la sustancia es y debiera ser otro.

El fundamento legitimante de una nueva central obrera es -y lo fue en el caso de la CTA- no otro que el replanteo gremial y político de la relación entre trabajo y capital. El resto es secundario y accesorio.

Y los fundamentos de la CTA realizaban un análisis de la metamorfosis del capital ocurridos durante las anteriores décadas en la Argentina, y de su corelato, los modos de representación de los trabajadores y su capacidad para disputar la apropiación del excedente.

Así pues se reivindicaba el “modelo sindical” histórico del peronismo, puesto que no sólo había sido exitoso en la disputa distributiva, sino que se adecuaba a la estructuración del capital en tiempos de la Industrialización Sustitutiva. Esto es, el Movimiento Obrero Organizado se asentaba, numérica y cualitativamente, en los grandes gremios industriales y de servicios que resultaban ser, a su vez, motores estratégicos de la actividad económica en la Argentina industrial. Su correlato -el capital- tenía un modo de inserción y de organización empresaria que la situaba en una posición de relativa debilidad en comparación con la calidad y centralización organizativa y política del MOO. Esto explicaría, además, los niveles de participación en la distribución del ingreso alcanzados a lo largo de la ISI.

Como el quiebre político y económico de la dictadura del 76′ terminó remodelando el paisaje del capital, generando (en lectura basualdiana) un proceso simultáneo de diverisificación y concentración del capital, la organización centralizada por rama industrial del viejo modelo, ya no resultaría eficaz a la hora de dar la disputa económica.

Si durante la ISI confrontaban gremios por rama de la producción altamente organizados y centralizados, contra una organización empresaria atomizada y débil de representación, en el nuevo escenario posterior a los ajustes estructurales, se encontraban a la mesa gremios debilitados en sus bases, y vulneradas las ramas de la aproducción en que se asentaban, con grupos empresarios altamente diverisifcados y a la vez integrados, con capacidad de movilizar su capital entre ramas y sectores de la producción, y con un modo de inserción en la producción subordinado a la lógica financiera.

Las discusiones más estratégicas de la CTA fundacional hacían hincapié en este diagnóstico, y se proponían refundar un MOO atendiendo a él.

Tal análisis constituye, a mi humilde parecer, el fundamento más serio y perdurable que pudo haber formulado la nueva central. Por lo tanto es desde allí que debe hacerse el balance histórico de su recorrido (la CTA va a cumplir el año que viene 20 años de trayectoria).

A la vuelta del camino, pues, la CTA sigue siendo un confederación de gremios estatales. Sólo en alguns casos más “combativa” que sus homólogos cegetistas, con exigua representación de gremios del sector privado, y experiencias marginales de nuevos sindicatos indsutriales, muchas veces volcados a la llamada “economía social” más que a disputar verdaderamente su representación sectorial a la CGT.

Podrá aducirse que el Estado, las empresas y la CGT han sido consecuentemente hostiles a estas líneas del proyecto ceteaísta, pero… ¿se esperaba otra cosa? Es facilismo puro echarle la culpa al oponente y al arbitraje, pero ello no puede esconder los déficits del propio juego.

Esta breve reflexión, desde ya, no agota, ni mucho menos, el debate en torno a la novedosa experiencia que constituyó la CTA, pero me pareces que estos son trazos fundamentales, sobre todo porque fueron razones fundantes del origen de la central.

Mucha tela hay para cortar al respecto, sobre todo en lo que hace a la constitución identitaria, a las filiaciones históricas que con el tiempo fueron decantando en su interior, a la negación -casi gorila- del peronismo y al progresismo descafeinado que primaba -y prima- en sus componentes hegemónicos. De igual manera, mucho hay para decir sobre sus más estruendosos fracasos políticos (Frepaso, Alianza, 2001 y 2002, etc.).

Sólo a modo de anécdota recuerdo que -junto a otros compañeros- fuimos “retados” y censurados por ciertos dirigentes sólo por cantar la marchita bajo la bandera de la CTA.

Published in: on agosto 6, 2010 at 2:31 pm  Comentarios (2)  
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