Ni los fantasmas [cuento]
La humedad se condensaba en los fracturados adoquines de la calle oscura. Las viejas piedras de granito brillaban con el resplandor anaranjado que sobre la techumbre nublada del cielo proyectaban las luces de mercurio de la ciudad, tan próxima y lejana.
El Sol se había ocultado ya. La última claridad del atardecer se iba desvaneciendo del todo. Las casas vacías, bajas y antiguas, flanqueaban la calzada a lo largo de dos cuadras. La mayoría estaban semiderruídas. Les faltaban techos y aberturas. Tenían los revoques agrietados, las puertas cerradas con chapa y madera ocultando los zaguanes rotos. Algunas ventanas, balconeando sobre la vereda, conservaban restos desvencijados de sus postigos, muchas, ni eso. Era lo que quedaba del antiguo barrio.
…
Fueron llegando de a poco, saliendo de las casas iban a reunirse en la esquina del almacén. Primero fue Don Victorio el constructor –“construtore” y no “maestro mayor de obras”, como siempre se encargaba de aclarar-. De su lápiz, y de sus manos, habías salido buena parte de las casas del barrio. Luego llegaron los Pietranera, encabezados por el viejo Giulio. Con él venían sus seis hijos y veintidós de sus nietos. Don Victorio les repartió una indicaciones, un grupo fue a la búsqueda de picos y palas, y otros a mano desnuda nomás, empezaron a remover adoquines. Jacinto Olmos apareció con menos gente, pero Doña Ofelia –su patrona- rápidamente, y con ayuda de las de Pietranera, se puso a juntar baldes, bateas, pinceles y rodillos. En tanto Jacinto y los suyos se daban a la tarea de desmontar los restos de postigos, zaguanes y aberturas que subsistían en las casas.
La cosa no se detuvo allí. Seguían llegando. Llegaron Mercado, el almacenero, Bastos, el talabartero, los hermanos Ferretti, que habían tenido taller de herrería a varias cuadras de allí, pero vivían en la esquina done ahora terminaba el viejo barrio. Y muchos más, eran cuatro generaciones que habían vivido y trabajado en esas casas ahora vetustas. Se arrimaban a la esquina donde Don Victorio distribuía tareas, indicaba, asistia y organizaba. Pronto las dos cuadras eran un hormiguero de gente que iba y venía. Martillaban, lijaban, rasqueteaban, pintaban, serruchaban. No tenían mucho tiempo, era la última oportunidad, la última resistencia.
El último en llegar fue el “Colacha” Lucero. Medio linyera, medio vagabundo, de tiempo en tiempo botellero, viviendo siempre en los fondos del galpón de Mouriño. Se sentó sobre unas maderas en la esquina del almacén, sacó del estuche un pequeño acordeón a piano y se puso a hacer lo que en verdad sabía. Del viejo y apolilado fuelle brotaron, revoloteando por el aire febril de las dos cuadras, una mescolanza continuada de canzonettas, milongas, polkas, valsecitos, sambas y pasodobles. La calle, entonces, parecía menos oscura.
…
¡“Ring, ring”!
El Ingeniero dejó la maquinita de afeitar y fue a atender el teléfono con media cara llena de espuma.
-Hola, ¿quién habla?
- Buenos días Ingeniero, y discúlpe que lo moleste en su casa, soy Negri, el Capataz.
- Ah, Negri, sí. Buen día ¿Cómo anda eso? ¿Algún problema?
- Mire, puede ser, sy y no. Bah, no sé. ¿Cómo explicarle? Si fuera posible le iba a pedir que se diera una vuelta por acá. Para ver ¿vio?
- Pero, ¿qué pasa? Dígame, por favor, ¿ha habido algún inconveniente?
- Y, los muchachos todavía no han querido empezar, por las dudas. No sabemos muy bien qué es lo que puede estar pasando. Yo, la verdad, que tampoco, es todo muy raro, y…
- A ver, Negri –le interrumpió el Ingeniero, ya ofuscado- ¿No me puede decir qué es lo que pasa?
- Vea Ingeniero, la verdad es que así por teléfono no sabría cómo explicarle. Perdone que le insista, pero tendría que venirse Usted mismo para acá.
- Bueno, bueno, yo ya estaba saliendo, pero más vale que sea algo serio, porque voy a llegar tarde a una reunió que tenía en la empresa.
El Ingeniero cortó el teléfono, puteando para sus adentros. Los trabajos deberían haber comenzado a las siete de la mañana, y ya eran las ocho y media. Hasta ahora estaban dentro de los tiempos estipulados en la licitación y, si por cualquier problema –laboral, imaginaba él- llegaban a atrasarse unos días siquiera, él, como director de obra, estaba frito.
…
Frenó la camioneta en la entrada del obrador. El enjambre de cascos amarillos que entrevió detrás del cerco de madera que circundaba toda la zona de obras incrementó su enojo. Eran casi las nueve y todavía estaban los obreros todos allí, sin trabajar. Faltaban nada más que dos cuadras, y la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, desembocaría en el nuevo acceso a la autopista.
Dos cuadras de casas ruinosas. De un lado se iba a levantar un shopping con estacionamiento para cuatrocientos vehículos, y enfrente, un lujoso complejo de edificios de oficinas, las cuales ya estaban vendidas antes de que se hubiera plantado un solo ladrillo. Y el tiempo contaba. No era como cualquier otra obra pública, aquí había un montón de plata de inversionistas privados, que medían con cronómetro el uso que se le daba a los recursos comprometidos en el proyecto. ¡Dos cuadras de mierda! De casas decadentes que se caían a pedazos, y los obreros hacía dos horas que tendrían que estar trabajando, demoliéndolas.
…
- Venga Ingeniero, venga a ver Usted mismo –el capataz lo fue guiando hacia dentro del obrador, moviendo los brazos como aspas para señalarle lo que debía ver- Así como ve encontró las cosas el sereno. ¿Ve? No falta nada, pero ha quedado todo hecho un desparramo. Yo por teléfono no le quise decir más para que no se enbronque de gusto, además pensé que eran macanas de viejo. Porque la cosa es que dice el hombre que desde hace unos días viene escuchando cosas… ruidos, como de gente que habla, y qué sé yo qué más. Según parece ha salido de la garita varias veces cada noche, pero no ha visto a nadie, ningún movimiento raro, y ahora esto…
Mientras hablaba pasaron entre medio de los obreros silenciosos, que miraban desconfiados la llegada del Ingeniero, y al terminar la parrafada, el capataz detuvo sus pasos justo en la bocacalle, en el extremo de esas dos cuadras que restaban ser derribadas para que pasara la nueva avenida de cuatro carriles por mano.
El Ingeniero ya no vio esas dos cuadras de adoquines grasientos y rotos, llenos de baches, de casas viejas y deterioradas. A la vista de sus ojos se extendía una calle de adoquines pulidos y relucientes, primorosamente colocados, con arena húmeda aún en sus instersticios, dibujando ese sinfín de semicírculos que se iban intersecando y superponiendo a lo largo de las dos cuadras.
A ambos lados de la calle lucían las casas impecables y coloridas, como el barrio de Caminito en La Boca, como una postal turística. La casa de la esquina más próxima era de un celeste intenso, la seguía una de blanco tiza. Luego, un caserón de amplio frente, con dos ventanas a cada lado del zaguán y cochera, estaba pintada de un rosado suave. Verde lima, lavanda, aguamarina, naranja, amarillo, las dos filas de casas eran como una caja de acuarelas. Allí en la esquina, la persiana del almacén, sin rastros de herrumbre y pintada de un verde oscuro, parecía nueva y mostraba, escrito en el fileteado que hacían los letristas de antes, el nombre del comercio. Los postigos de las ventanas y los zaguanes se veían prolijamente reparados, lo mismo que las barandillas de los balcones. Las molduras, las veredas, los cordones de las veredas, todo era flamante.
No era posible. Allí tendrían que haber trabajado a brazo partido varias cuadrillas de gente. Apenas dos tardes atrás el Ingeniero había recorrido la zona, supervisando que estuviera todo dispuesto para ejecutar el último tramo restante y comenzar la demoliciónesa misma funsesta mañana, y el aspecto de esas dos cuadras endemoniadas era igual de calamitoso que cuando se había iniciado la extensión de la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, hacía ya más de cinco meses.
- Esto… parece joda –alcanzó a murmurar estupefacto.
Caminó las dos cuadas hasta el otro extremo, donde se estaba construyendo el acceso a la autopista, seguido por los pasos presurosos del capataz.
El desconcierto fue cediendo su lugar a una contenida ira. Imaginó que las consecuencias de lo sucedido se le adjudicarían a su responsabilidad. Quienquiera que estuviese detrás del insólito acontecimiento, no sólo complicaba a la empresa, al municipio, a los inversores, al plan de reordenamiento urbano. Querían joderlo a él, le estaban jodiendo la vida.
Tanteó la pared. Claramente la pintura estaba todavía fresca. Probó en un zaguán, y lo mismo, el barniz apenas se estaba secando. Tomó el picaporte, de bronce reluciente y lustroso, y apenas empujó cedió abriéndose con facilidad. Entonces creyó encontrar el sentido de toda la enojosa situación. Probó en dos o tres puertas más y halló lo mismo. Puertas adentro las casas seguían semiderruídas como la habían estado los frentes y la calle hasta el día anterior. Todo el misterio terminaba en las fachadas. Parecía uno de esos megaestudios de filmación donde sólo los frentes de los edificios tienen existencia real.
Velozmente regresó al obrador, decidido ya lo que debía hacer. Llamó a los obreros, trepó a una pila de escombros y se dispuso a arengarlos como si se tratara de un batallón de soldados en vísperas de entrar en combate. Les dijo que, verdaderamente, no tenía idea de quienes habían hecho semejante fantochada. Pero que, bien lo sabían, todo el proyecto de reordenamiento urbano había sido cuestionado por la oposición al gobierno y, claramente, debía haber intereses políticos por detrás de lo sucedido. Que en todo ello, seguramente, estaba la mano de las asociaciones de vecinos y los grupos de protesa que habían accionado en la justicia para que las obras no se ejecutaran. Que, probablemente, habrían ingresado por la noche a acopiar los materiales en el interior de las casas. Les aclaró, terminantemente, que no iban a paralizar la obra sólo porque algunos chistosos hubieran pintado de colores los frentes de las casas. Hizo hincapié en que, si no empezaban a trabajar, iba a tener que hablar con el sindicato para ver si es que ellos estaban en huelga, o si había algún otro motivo de peso para que estuvieran allí sin hacer nada. Les señaló que, en definitiva, lo que estaba en juego eran sus puestos de trabajo y los jornales que deberían cobrar. Le dijo, además, que eran gente grande como para andar haciendo bulla por cuentos de aparecidos y pavadas así. Por fin, concluyó, enfático:
- Así que, muchachos, a laburar. Acá, en un par de días, de estas dos cuadras, no tiene que quedar nada, ni el recuerdo de los fantasmas.
Luego de la arenga, el Capataz se fue aparte con el Ingeniero, quien le dio unas breves y rotundas directivas, regresó enseguida al grupo de obreros y comenzó a disparar órdenes, poniéndolos en movimiento.
Quebrada ya la parálisis, ambos se dirigieron hacia la topadora. La máquina resopló varias veces hasta que el enorme motor diesel se pudo en marcha. El Ingeniero se trepó a la escalerilla junto a Negri, que ocupaba el asiento del conductor. Las cosas eran así, había que dar el ejemplo. Por detrás de ellos se iban sumando el tronar de la pala mecánica y la motoniveladora.
Aún el capataz, apretando los dientes y enarcando las cejas, como con un resto de duda, miró interrogante al Ingeniero, que, para hacerse oír por sobre el estrépito de motores, gritó, alto y fuerte:
- Déle ¡déle nomás!
La Plata, 2007
Mi novela peronista
Había comenzado a escribir una novela peronista. Una novelita, festiva y cándida, la contracara, el reverso especular de No habrá más penas ni olvido, una fiesta setentista, una que salía bien, nadie moría, pasado el acontecimiento se tenían que rajar y esconder debajo de las piedras, pero se trataba de una historia sin sombras, sin el halo tenebroso que cualquier relato de los setenta tiene como horizonte ineluctable. La gran contradicción del relato era intraperonista, como debe ser, pero no con el peronismo facho y cadenero del No habrá… en un polo, los “muchachos” en otro, y el buen pueblo peronista en medio. No. Se trataba de montar un escenario para el diálogo entre el peronismo “tendencialista”, con todas sus mochilas teóricas y prusianismos existenciales, y otro peronismo, no el buen peronismo, puro y virginal, inexistente en ningún momento de la historia, sino con una proyección, una pretensión de peronismo, más cercano a un ochentismo desideologizado, más próximo a una encarnadura de construcción política realista, de sentido común, un intento de definición de algunos tópicos del “buen sentido”. Sí, se trataba de bajar línea, de contar una historia y de bajar línea, porque, sabemos, no se puede contar una historia sin bajar línea, alguna línea, en algún registro del relato. Así pues, estaban los personajes, el escenario, y el guión de los acontecimientos. Pero algo falló. Las cosas de la vida, las cuitas del escribidor, muchas cosas y todas juntas se fueron entreverando. Los personajes perdieron su brillo, el “diálogo” carecía de profundidad, faltaba sustancia. Es difícil relatar una que sale bien. Quizá algún día salga, quizá el diálogo debiera ser más mediado, menos lineal, más elíptico. Quizá las cosas deban salir mal, quizá la fiesta deba tener claroscuros y parroquianos jodidos, y terminar con mucha, mucha resaca. La vida, al fin y al cabo, es bien jodida. Los setenta terminaron muy mal, los ochenta lo fueron un poco menos y los noventa encontrarían a nuestros personajes vaya a saberse dónde, si es que esquivaron el bulto a las cimitarras.
Quizá la única manera de contar una historia así, sin el bajón, ni la moralina, ni la nostalgia por la pólvora, sea a lo Capussoto, por la vía del absurdo. Quizá la novela debería ser un sainete (la novela de Soriano no lo es).
La Insurrección es un hecho [cuento]
La amplia mesa se encontraba en la semipenumbra. Los rostros adustos de los hombres sentados a su torno centraban la atención sobre el enorme mapa desplegado ante ellos.
- ¿Y González? ¿Cómo estamos en el Norte?- preguntó uno de ellos.
El hombre aludido carraspeó, miró alternadamente al resto y luego se pronunció:
- Las fábricas más importantes se encuentran tomadas, y están conducidas por comités revolucionarios. –Se detuvo un momento, saboreando el efecto de sus palabras, y continuó- Y ya han votado a favor de iniciar la acción.
- Bien, muy bien – exclamó el que había formulado la pregunta- Nos queda definir el apoyo de la pequeña burguesía radicalizada. ¿Qué nos puede decir al respecto, Di Nardo? –prosiguió.
El tal Di Nardo dió un respingo al escuchar su nombre, se acomodó en la silla, atusó su bigote prolijamente afeitado y señaló un papel sobre la mesa.
- La situación no está totalmente definida, pero la mayoría de mi Partido está dispuesta a acompañar al proletariado revolucionario… -luego de una pausa, agregó- Hasta el final.
El hombre que iba dirigiendo las preguntas se inclinó sobre la mesa, apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas y enunció:
- Entonces Señores, pasaré revista a los hechos, tal y como aparecen objetivamente, y dirán ustedes si me equivoco en algo. La mayoría de La Clase Obrera está movilizada, conducida por los elementos de mayor nivel de conciencia revolucionaria que adhieren al Partido, y los grandes establecimientos fabriles están bajo su control; la Burocracia fue desplazada de todas las conducciones relevantes. Las fuerzas del orden se encuentran divididas: una parte de ellas está dispuesta a ir contra el Gobierno y proveernos de armas, la otra parte se niega a reprimir y permanecerá a la expectativa en los cuarteles. La Burguesía está en estado de total confusión y sin una hegemonía clara, ha perdido su ascendiente sobre los sectores que podrían movilizarse en contra nuestra. Finalmente, señores, la mayoría del pueblo está harta de la situación y nos ve con simpatía. Las condiciones, entonces, están dadas –Dejó la última frase flotando en el aire, y cerró su alocución- ¿Estamos de acuerdo?
El silencio se rompió en un estrépito vocinglero donde todos comenzaron a hablar al mismo tiempo. Pese a la superposición de las voces, quedaba clara la coincidencia con el análisis de la situación realizado por quien parecía ser el líder del cónclave.
- Así que, dada la situación, la Insurrección es un hecho –dijo el hombre cuando las voces se fueron acallando.
La sentencia cayó grave, y los hombres que rodeaban la mesa quedaron visiblemente embargados por la emoción. La enorme foto de Vladimir Lenin que decoraba la pared de la habitación pareció cobrar vida, escrutándolos desde el fondo de la historia: estaban ante la inminencia de un acontecimiento de la mayor trascendencia, aquello por lo que habían soñado durante todas sus vidas.
En eso apareció Doña Estela, una gruesa enfermera de ensortijado rulos rubios y ataviada con un delantal rosa.
- Bueno, bueno, abuelitos –les dijo con ternura casi pueril- ya es la hora de ir a hacer noni, a ver si vamos terminando con ésto – Mientras hablaba encendió las luces de la sala, le acomodó la manta en las piernas a González, puso en la mano de Di Nardo una pastillita azul, y le acomodó el cuello de la camisa al que parecía el líder del malhadado cónclave.
Todos los ancianitos dieron en protestar y refunfuñar:
-¿Ya son las nueve? ¡No puede ser, che, siempre lo mismo! –dijo González.
- ¡Pero Estela, ya estábamos por terminar! –protestó Di Nardo.
- Ufa, justo ahora que estábamos por discutir el Programa- se lamentó el líder, quejumbroso- ¿No podemos al menos dejar todo acá hasta mañana?
- Ay, Don Wermuz… Si usted sabe que esta mesa la usamos a la mañana para servir el desayuno –le reconvino con dulzura Doña Estela- A ver, Di Nardo, acuérdese por favor de hacer pis, si necesita ayuda sabe que me puede llamar.
Uno de ellos, que no había participado en el postrero intercambio de opiniones le espetó a Wermuz:
- Yo canto que mañana soy del Partido, ¡ya hace tres días que tengo que ser la Burguesía! –protestó.
La enfermera lo ayudó a ponerse de pie hasta que el hombre estuvo firmemente asido al bastón, y luego empujó la silla de ruedas de González hacia el pasillo, en dirección a su habitación. Uno a uno se fueron retirando, y a los pocos minutos Doña Estela estaba de vuelta.
Acomodó las sillas, y luego empezó a recoger las fichas, las tarjetas y los dados desparramados sobre la mesa. Con primoroso cuidado las fue acomodando en una gran caja, primero las fichas rojas que representaban a los Obreros Revolucionarios en un casillero, las fichitas amarillas de la Burocracia Sindical en otro, y así con gran cuidado hasta que finalmente plegó el enorme tablero y lo depositó en un aparador. Al día siguiente seguirían jugando a la Revolución, como todos los días.
Apagó las luces dejando un tenue velador encendido, y se retiró a su habitación. El Geriatrosco dormía tranquilo.
Estación Saavedra
Estación Saavedra, en los lindes de la Provincia de Buenos Aires. La noche recorre los andenes semivacíos, y experimento por primera vez la máquina automática para sacar el boleto del tren. El trayecto y el desembarco en la estética latinoamericana de Retiro son ocasión para el ensayo de un balance de la expedición. Porque, decirlo es menester, esto ha sido una expedición, una incursión en un territorio otro, no sólo desconocido para mí en su geografía circundante, sino ajeno, enteramente no mío. Soy un bárbaro, hollando los templos sembrados de marcas identitarias que no son mías, y soy yo el Otro, un intruso caminando con precaución para no dañar, por equívoco o ignorancia, símbolos sagrados, desconocidos para mí, y evidencia tangible para los Otros. Los lugares que recorro, me recorren a su vez, camino por ellos, y ellos me indagan y vigilan, escrutan mis pasos, miden mi aproximación, temerosa y respetuosa. Decidida también. Si esos territorios han de ser míos, si yo seré de ellos, si seré parte de esa constelación de objetos, y rastros, y marcas, e identidades, una secular transfusión habrá de llevarse a cabo. Como los impactos entre culturas y lenguajes habidos en la Historia, el Otro es resignificado y digerido mediante los códigos preexistentes, los cuales habrán de mutar al mismo tiempo. Así sucede, y es un camino de doble vía. El Otro del Otro transcurre por el mismo proceso. Nunca existe la pura dominación, ni tampoco el absoluto desplazamiento o sustitución. Las capas del lenguaje, de la estética, de los códigos culturales son sustrato que no muere, que no se extingue, se superponen y se entremezclan, se funden, prodigan una mestización viva e impredecible. Vital, pues.No hay futuro sin pasado, no hay presente sin historia, no hay trans-fusión sin identidades de larga y pasada factura. No hay garantías de lo que habrá de devenir. La dialéctica afirma que el desarrollo del ser ya está preñado –y acaso determinado- en su origen previo, pero nada indica acerca de que lo podamos conocer. Sólo al cabo de su devenir, sólo acaso. Vuelto a mis territorios me encuentro examinándolos con la mirada del Otro, intentándolo al menos, no para descubrir lo mismo que yo en el territorio Otro, no para replicar mi lugar allí, imposible por demás, porque no soy Otro, soy yo, sino para descubrir que este territorio, mi lugar en el mundo, también se encuentra en un Otro extremo, Otro lugar. También, sin duda, es escrutado, examinado, y también condiciona y se sitúa como un territorio simbólico ajeno, a trans-fusionar, a ser ocupado. Los territorios están ocupados, son habitados, por eso son territorios, por eso están vivos, y la misma constelación de marcas simbólicas e identitarias de que están impregnados los constituyen, son por ello. La Historia es taimada, alerta de contínuo sobre lo dificultoso de tales empresas, recuerda confrontaciones y conflictos, nos tiene preparado el inventario de lugares comunes que, a los golpes, conformaron esas identidades. Es su función, no hay que pelearse con la Historia, pero también advertir que no se repite. Se pueden repetir actores y actuaciones, se puede repetir lo no elaborado, lo no pensado, pero los trayectos no son los mismos. Cuando Historias de alejadas raigambres convergen entrelazan un relato nuevo, con viejos nudos que suelen producir enriedos en una madeja que, sin embargo, es nueva. Los códigos preexistentes, los viejos reflejos, lo acostumbrado a ser esperado, o lo que fue inesperado, suelen tender oscuras trampas, suelen desencadenar fantasmáticas intromisiones de lo pasado. Los espectros siempre están ahí, pues surgen del sustrato mismo del presente, están contenidos en lo identitario y en los códigos interpretativos, pues son los que lo constituyeron. Son ineludibles, son parte de la empresa. Sin embargo la sustancia viva los subvierte, está para eso, se desentiende desfachatadamente de la Historia porque la está escribiendo en tiempo presente, todo es nuevo allí. Quizá es la esperanza.
El tiro del final
La carta le llegó en vísperas de entrar en batalla. Claro que ella, al escribirla, no lo podía saber, puesto que la guerra tendía su manto de secreto incluso sobre lo que se vertía en la correspondencia privada.
La carta decía que lo abandonaba definitivamente. En verdad habían sido sólo tenues promesas, pero que, en medio de la guerra y de sus acechanzas constantes sobre la vida, eran para él toda una montaña de esperanza, la única certidumbre a la cual aferrarse.
No se trataba de una mala mujer, apenas egoísta, acaso leve e insensible. Había conocido a alguien más prometedor que él, más próximo, y sobre todo, inmediatamente factible. Alguien que no estaba en la guerra, alguien a quien no necesitaba esperar.
Sintió un dolor que jamás había experimentado. Ahora nadie lo aguardaba, nadie iba a escribirle, rezarle ni a cuidar de él a su vuelta. Nada le quedaba en la vida, salvo sus compañeros, sumergidos como él en la crueldad y la desesperanza de la contienda. Tan desamparados como él.
No era, a fin de cuentas, y pensado con tranquilidad, una gran pérdida. En todo caso un desasosiego provocado sólo por la precariedad de la existencia que todo lo envolvía a su alrededor.
Sin embargo para él lo era todo, real y atrozmente tangible. Escondió salvajemente la angustia, que lo carcomía por dentro durante cada hora, y que estrangulaba su garganta en cada noche.
La noche de la ofensiva fue el primero en salir de la trinchera. Avanzó fusil en mano con la bayoneta calada, gritando como enloquecido. Los disparos y las esquirlas hacían estragos a su alrededor, pero él no veía nada de eso. Corrió y corrió, vociferando, avanzando entre las explosiones y los alambres de púa. Corrió mucho más que ninguno de sus compañeros, que iban cayendo uno a uno.
La bala, por cierto, no impactó románticamente en su corazón. Penetró por la ingle, perforó una prosaica arteria y luego destrozó su columna vertebral, dejándolo tendido en suelo, inmovilizado por completo.
Mientras se desangraba, sus últimos pensamientos fueron para ella, de dolor y de rencor, imaginando su remordimiento cuando supiera que había caído en combate, conjeturando inútilmente lo que podría haber sucedido a su regreso.
Ya casi no sentía nada, cuando le brotó una lágrima, la única lágrima que derramó por ella, que rodó por su mejilla hasta caer en la tierra para mezclarse con el barro.
Las hombres tienen siempre insondables motivos para alimentar el heroísmo y enfrentarse temerariamente al final de su vida.
Contrariamente a lo que supo imaginar –regresar póstumamente a su pueblo en un ataúd cubierto dignamente con la bandera patria- la ofensiva fracasó, el enemigo recuperó el terreno y su cuerpo fue a pudrirse a una fosa común. Y al olvido.
Las penas de amor, ciertamente, pueden doler aún más que la misma muerte.
Hay una playa sin cielo
Hay una playa sin cielo, un verano sin Sol, pero con calor -¡y qué calor!- y con un aire que se resiste a ser respirado. La compañía telefónica dice que me regala cinco mil -¡cinco mil!- mensajes de texto para ser enviados en los próximos seis días. Y los disparo, como una ametralladora, todos, todos, en la misma dirección. Por momentos tengo miedo de que reboten y me hieran, de que me pidan basta ya, silencio, no jodas más. Pero sé que no podría mandar tantos para el mismo lado, ¿alguien podría? ¿alguien puede sostener una comunicación con 343 caracteres por dosis? Me desvío, tengo requerimientos, al parecer, urgentes, ¡qué quilombo que se armó! No entiendo nada, bah, en algún momento del culebrón creí que entendía, pero ahora ya no, yo, digo, y mi maldita honestidad intelectual -¡qué solemne expresión, cristiana!- que a cada paso me obliga a reconocer las fronteras sinuosas entre lo que sé –que creo saber, já- y lo que sé que ignoro, pero que, claro, a veces me adentro en ésa terra incógnita, deduciendo a tientas, infiriéndo cómo es que se puede continuar una penísnsula, sanateando, sí, sanatenado, pero ojo, eh, siempre con seguridad; porque el saber es un territorio, y nunca uno puede convencionalizar un límite sin otear, un poquito, más allá, jamás hay que firmar un contrato de vasallaje entre otro, alguno, autoridad, que tiene el saber, y enfeudarse al proveedor de ése saber, el saber no tiene dueño, no tiene autoridad –salvo los muertos, claro, los ilustres- pasa de mano en mano y se multiplica, existe en acto, el saber es territorio, hay que pisarlo, es más, pisotearlo bien, y mear en el piso, marcarlo, al territorio. Pero en esta, confieso, impune y honestamente, estoy en bolas. Llamo a mi amigo el economista de cabecera, no atiende, ¿por dónde putas andará? ¿De vacaciones en Valeria del Mar? ¿Con el celu apagado y jugando con los pibes en la pelopincho de su casa? Leo un poco, pero entiendo menos, mucha ambigüedad, negritudes informativas, cada vez comprendo menos el entuerto del asunto, tengo indicios, pero también me choco con mucha sanata del palo; ¿a mí me van a venir a sanatear? ¡Ja! Si yo soy experto en ése arte. Además, como me gusta ser abogado del diablo, termino impermeable a las verdades de barricada, que me gustaría que no, y que la vida me fuera más simple, pero no, pero no puedo, es más fuerte que yo. Lucho pregunta, repregunta e insiste, y yo no sé qué responderle: vamos a tomar una birra y olvidémosnos del quilombo, al fin y al cabo es verano, y los gobiernos nunca caen en verano. ¿Nunca? ¿Seguro? Uy, maldita costumbre de ponerlo en duda todo, de no querer redondear una frase sin tener antes la constatación precisa de lo dicho. No, así no se puede escribir nada, así nunca vas a terminar de escribir nada, metéle y seguí para adelante, total a quien carajos le va a importar. No, te digo que no, te lo prohíbo terminantemente, no te vas a levantar de la mesa, largar la compu e ir a buscar la historia de los meses en que los gobiernos cayeron. Sí, ya está, lo superé, sigo adelante, pude hacerlo, ¿viste, vos que estás allá, viste como pude, viste que lo logré? Y date cuenta de otra cosa, sí, a vos te digo, a vos te sigo diciendo, vos, que tenés miedo de que escriba disparates –que no los voy a escribir, no te preocupes, puedo parecer medio colifa, pero los pies los tengo en la tierra, bien hundidos, eso sí, medio sucios- date cuenta entonces, que tenés que volver, que sí, ya lo sé, vas a volver, pero date cuenta de que tenés que volver, por esto que escribo, por lo otro, por las dudas, por las deudas, por el nudo ése –carajo- que hay que desatarlo y dejar que se deshaga y quede en paz, en la suya. Porque yo te lo dije, aunque sepa poco, a veces sé mucho, ya lo viste vos que puedo ser así, y yo sé que la cosa no va por ahí, aunque a veces dudes, y ojo que me la voy a bancar, porque me la banco, porque estoy preparado para lo que sea, eso no te lo expliqué todavía, pero sí, no voy a derrapar, tengo paciencia, parece que no, que exhudo ansiedad, pero puedo esperar con una templanza que mí mismo me asombra. Como ahora, que siento que tengo que decir algo, escribir algo magistral, iluminador, pero la verdad que no sé, porque no entiendo, y ¿sabes qué? Si no me puedo mentir –en esto, al menos, en otras cosas ya ves que sí- tampoco puedo, y no me sale, mentirle a otros. Así que, así estoy, en blanco, con alguna idea rondando, pero todavía en gestación. Más vale, no puedo esperar toda la vida, ni vos, ni yo, ni los otros, porque capaz que cuando logre darle forma ya estamos yendo a montevideo con el pasaporte asustado. ¿Tremendista, no? Pero es que cualquier cosa puede pasar en este país de locos, de locura insana. Pero yo creo que no, como decía el amigo, seguro que en unos días todo se disipa, un ministro, ponéle, renuncia, y de vuelta a empezar, con las instituciones, la crispación y sarasa. Y los números, y el laburo, y los cafés –americano cortado por favor, para mí-, y las milyuna reuniones de autoayuda política. El año empieza, va empezando, ya pasaron diez días y estamos en el dosmildiez. ¡Dejáte de joder! ¿Dosmildiez dijiste? Sí, y como quien no quiere la cosa agarro la ametralladorita que me regaló la compañía telefónica y disparo otra ráfaga, y está bien, me decís que está bien, que mis sms’s están muy bien, a mí también, me gusta disparar, dispararte. Yo no sé qué va a pasar, con vos, conmigo, con el quilombo que se armó, lo que estoy seguro, segurísimo, es que desde que te fuiste no puedo parar de escribir. Así que volvé, porque quiero saber cómo sigue este experimento, quiero seguir escribiéndo cuando hayas vuelto, y en una de ésas para entonces el ministro renunció y mi amigo vuelve al quinto piso lleno de mármoles, y volvemos a las andadas, a hacer barullo, a predicar las veinte verdades, a salir en una catramina por la ruta compu en mano a ayudar a los compañeros, que nos necesitan, siempre nos necesitan, seremos giles pero hacemos lo que no hace nadie, o que nadie hace gratis. Y no hermano, yo sé Lucho que nos das un par de patadas en el culo a ver si reaccionamos, pero no depende sólo de mí, no sé por dónde andan los muchachos, es Enero, ¿qué querés? Y yo estoy en babia, en Saturno, todavía me estoy levantando de la última caída, no es fácil che. Entonces ya viste, vos que estás allá, no hice disparates, no me dí la cana, sanateé así, medio que sí, medio que no, pero vos sí lo vas a entender, vos sí. Volvé, cuando debas hacerlo, pero acá, volvé por favor.
Por entre los escombros
Por entre los escombros de sus brazos
Asoman las ruinas / olvidadas ruinas
Tumulto de historias polvorientas
De mis banderas ajadas
De corazones alambrados
De Logias perennes que siempre
Claudicaron sin retorno a su mentira
Entre la sierra maestra de su pelo
Se enriedan unos dedos / mis dedos
Desconsolados de tintas y teclados
Que buscaron apropiarse
Por una vez / por siempre / de su sonrisa
De aquella sonrisa inconmensurable
Recobrada en una hipérbole de tiempo
De conjuros y desiertos
De cósmicos mundos dibujados
Entre los pliegues de esas sábanas corruptas
Sólo se escriben epílogos
Párrafos finales concluyentes
Que cierran y consuman los textos acabados
Compañera
Esto fue escrito hace unos cuantos años ya, bajo otros cielos de lo que entonces era otro mundo. Quizá no sea del todo errado compartirlo ahora con los amigos que pasan a tomar unos mates por acá (en una de esas mi amigo, el músico, un día se anime y me compañe con su piano en un recitado -guitarranegresco- de estos renglones).
***
Estoy de regreso por las calles de la noche, por el empedrado de Junio y los laberintos del invierno.
Acá estoy, buscando una mesa, un par de amigos, cuarenta cigarrillos y tres botellas de vino.
Queriendo dibujar en la cuadrícula del mapa de mi ciudad el derrotero interminable de los bares.
Intentando entre las copas reconstruir los ideales, refutar esas teorías, renegar de la existencia, desahogarme de dolores.
Saludar al diariero, militante de la madrugada, querer descubrir en el suplemento del domingo los motivos de la ausencia indescifrable.
Refundar el universo en la mesa del café y descubrir que, aún, estoy vivo, a pesar de todo, y por eso mismo, por estar sentado en esa mesa, junto al ventanal que da a la calle, mirando el desfile de la noche, la comparsa de la vida.
Deseando descubrir en cada abrirse de la puerta a esa amiga, Compañera.
Esa que nunca jamás será más nada, que nada más, que acaso una amiga, Compañera.
Buscándola y soñándola.
Preguntándome por qué, por qué fueron así las cosas, si tal vez hubieran sido, quizá, de otra manera, si era posible, o por qué no, por qué.
Deseándola y odiándola, queriéndola fatalmente, solamente, Compañera.
Apuntalando la resignación de nunca más tenerla entre mis brazos.
Cincelando en mi memoria, incansablemente, aquella vez, única, irrepetible, en que desperté sus besos salvajes, su mirar enardecido, sus dedos en mis mejillas, mi manos en su cintura, el infinito todo en un instante de una sola noche.
Cómo haré ahora para mirarla a los ojos y corresponder a su sonrisa.
Cómo haré para contrapuntear sus comentarios maliciosos.
Cómo voy a hacerlo, cómo poder rellenar el abismo de silencio que dejó, infranqueable y solitario, cómo actuar el disimulo, y hacer de cuenta que nunca, de ningún modo, aquí haya pasado nada.
Cómo digerir su displicencia y su indiferencia, su mirada a la vez cómplice y esquiva, su no decir por qué ni cómo, más terrible y silencioso que la más traicionera de las trompadas.
Le pregunto al cenicero, desbordante de colillas retorcidas, le pregunto por las claves del ser de la mujer, por la inmanencia del destino fracasado.
Le pregunto a los amigos, ignorantes como yo, solidarios en la duda.
Me involucro en el debate de las psicologías, vanidosas de sí mismas, en su inútil y pedante poder explicativo.
Y descubro solamente, al fin, el corolario de su ausencia, de la ausencia de ella misma, Compañera, que no entra por la puerta que se abre, que no me dice ni me piensa, ni acaso me recuerde tomado de su mano.
Ya no [13.06.2001]
ya no creo que sea posible / descifrar para siempre / su felicidad
ya no creo que, jugando, la vida / marque las barajas / que van a salir
yo pensé que podía ganarme / el cariño de su alma / de cielos de abril
yo pensé que si todo lo daba / con eso bastaba / con eso nomás
yo pensé que en sus manos obreras / de tinta y papeles / podía descansar
si me he equivocado tantas ocasiones / por qué diferente / sería esta vez?
sin embargo, lo mismo que siempre / pensé que el destino / tendría mi bien
estudié las noticias del caso / las fuerzas en pugna / y me imaginé
que podía políticamente / unirme a la toma / del cuarto poder
qué curioso es cuando uno sueña / que a veces parece / que fuera verdad
y cayó mi castillo de naipes / sin darme ni cuenta / de torpe que fui
y se fueron volando mis sueños / por los adoquines / de garúa gris
yo pensé que en sus ojos oscuros / de dulce mirada / brillaba mi luz
yo creí que velando su sueño / hilaba el abrigo / de su padecer
yo podía quererla de veras / y ella no sabía / siquiera querer
y quedó en el umbral de la casa / esa madrugada / todo lo que di
y volaron dispersos los naipes / del pobre castillo / que quise construir
dibujé en el correr de las noches / sembradas de cuentos / el cuadro de mí
como manos que una a la otra / se tallan a trazos / grabados en gris
le contaba todas mis historias / leyendo sus líneas / en rojo punzó
pienso, ahora en noches como esta / que hay días que nunca / han de amanecer
no se puede jugar a arquitecto / con naipes de sueños / que al viento se van
le entregué en un librito de versos / todos los pasados / que supe vivir
inventé para ella un soneto / de magias y flores / que le regalé
nunca supo que fue la culpable / de que yo escribiera / mi verso mejor
pienso, si, justo en noches como estas / que aquella mañana / no debí despertar
no se pueden castillos de sueños / con torpe destreza / jugar a construir
porque son los sueños lo mismo que naipes / que el viento se lleva / que al viento se irán















