Supongamos una provincia argentina extremadamente árida, con sólo algunos pocos rincones donde el agua y la tierra se conjuran para florecer y brindar algo más que estepa y desolación.
Supongamos también que bajo la tierra se encuentran encerrados inusuales volumenes de recursos naturales no renovables: riqueza.
Supongamos que, dado ese cuadro, y puesto que la tarasca necesaria para explotar esa riqueza del subsuelo es enorme y de difícil atracción, pocas son las posibilidades de la administración subnacional para impulsar el desarrollo de su economía y su sociedad.
Supongamos que, por tanto, ese distrito subnacional sólo cuenta con la inversión pública financiada por el estado nacional, y con esquemas tributarios de promoción a determinadas actividades empresarias, como motor del desarrollo local, como palanca para el desarrollo de infraestructura, como recurso para contrarrestar la emigración de su población y, acaso, impulsar la inmigración.
Supongamos ahora que tenemos dos provincias argentinas que comparten estas características.
Supongamos un último atributo, en este caso referido a los titulares del poder ejecutivo estadual. Supongamos que en ambos casos, y desde diferentes lugares, se les suele imputar a ambos mandatarios la colusión con los intereses privados que explotan su riqueza natural, la hechura de instrumentos jurídicos “facilitadores” del establecimiento o reconversión de las empresas del ramo.
Hasta allí, supongamos.
Hasta allí el juego de las semejanzas, de aquí en más veamos las diferencias.
En una de las provincias el proceso de inversión para la explotación de sus riquezas subterráneas arranca hace un siglo, ni bien se supo que ellas existían, y ese proceso tuvo la virtud de converger con robustas consideraciones geopolíticas y estatégicas que determinaron una diversidad de instrumentos para fomentar la población de su territorio y la extensión de su infraestructura.
En la otra de las provincias el conocimiento de las potencialidades de su subsuelo se remonta a los tiempos en que la corona española regía los destinos de estas tierras. Sólo que por causas diversas, históricas y políticas, económicas y estructurales, nunca se produjo el desencadenante de las grandes inversiones para explotarlas. La geología, los mercados internacionales donde se determinan los precios, los marcos jurídicos, la infraestructura provincial, las volatilidades propias del país -en lo que refiere al regimen cambiario, esquema macroeconómico- y un largo etcétera, hicieron que nunca convergieran capitales de las dimensiones necesarias para la empresa de sacar esas riquezas del subsuelo.
Así, en una de las provincias, la explotación de los recursos del subsuelo fue, desde el inicio de su poblamiento, motor de su desarrollo y atractivo para la inmigración. El particular recurso natural no renovable que se explotaba llegó a formar parte de su identidad regional. Si no hubiera estado esa formidable palanca de desarrollo, su territorio difícilmente hubiese tenido otro horizonte que la agricultura extensiva, alguna agricultura intensiva y el turismo, bendecido este último por la alta valoración de sus paisajes.
La otra provincia, vegetó durante décadas y décadas, animada únicamente por una agricultura intensiva que requería de una continuada inversión pública en sistemas de regadío. Los pedregales lunares que conforman gran parte de su extensión –inapta por demás para toda otra explotación agropecuaria viable- veían pasar soles e inviernos uno tras otro sin que la riqueza contenida en su subsuelo fuera apenas hollada.
De vuelta a las semejanzas, durante los noventa ambos distritos fueron afectados por las reformas estructurales que trastrocaron, en su esencia, buena parte de lo instituido y pensado como inamovible durante los tiempos de la industrialización sustitutiva.
En una de las provincias, se operó un desplazamiento, desde el estado al capital privado extranjero, en la explotación de sus recursos naturales no renovables.
En la otra se promovió decididamente el ingreso de capital privado extranjero especializado en la explotacíón de sus recursos naturales no renovables, sepultados desde hace millones de años y desaprovechados hasta entonces.
En ambos casos, como refería más arriba, diversas voces les imputaron a los respectivos mandatarios provinciales corruptelas y complicidades infamantes con los actores privados.
Hasta aquí la historia parece sincrónica, pero no lo es.
Uno de los mandatarios provinciales llegó a ser Presidente de la Argentina, conductor de un proceso político con evidentes rasgos refundacionales. O, como en toda salida de una crisis profunda, dejando una clara huella en el ciclo de recomposición de la política, y de la economía. Llegó también a ser la referencia indiscutida de un nuevo momento en la vida del peronismo, desencadenando un revulsión de identidades, de trayectos históricos: el revival Nac&Pop, setentista (nos gobierna la dirigencia de los 70’, es un dato no trivial). La adhesión a su persona y a su proyecto se estira todo lo más a la izquierda que ha logrado un liderazgo peronista (exitoso) desde que Ezeiza cerrara con candado -para aquella generación- las puertas del Palacio de Invierno.
Para esa franja heterogénea, Nac&Pop, de Izquierda Nacional, de centroizquierda, progresista, el trayecto pasado de su conductor, su entrevero con el capital privado, extractor de recursos naturales no renovables, no aparecen como significativas. No fungen de prueba fehaciente para una condena moralizante. Importa la encarnadura del proyecto presente. El éthos del Nac&Pop contemporáneo, nutrido con saludables -acaso justas- dosis de realpolitik, admite hacer balance entre lo pasado, con sus márgenes de posibilidad, con los márgenes de posibilidad que suele tener un madatario provincial periférico, y la eficacia del presente.
El otro mandatario es -convicción unánime de la Sociedad Popular- la mejor alternativa, y quizá la única, para que en 2011 tome el relevo un nuevo gobierno peronista. Un nuevo ciclo, sin dudas, seguramente con menos épica que el que ahora encuentra su ocaso, pero muy posiblemente -y es lo que cuenta- eficaz.
El Nac&Pop, la izquierda nacional, el centroizquierda progresista, que tan festivamente acompañó el proceso patagónico, ¿le “perdonará” igualmente al otro mandatario esos “pecadillos” a que debe recurrir para proveer al desarrollo de su pedregoso y estéril territorio?
¿Se trata sólo de que la retórica, el folklore y lo simbólico son la prenda de cambio para que el balance entre el presente y las -pretendidas- colusiones pasadas sea generoso y bonachón?
¿Los DDHH terminan balanceando el contrapeso de quienes fueron activos operadores de la privatización de YPF?
¿El lugar común, instalado por la progresía documentalista, de que la minería es maléfica, será más importante que la enajenación del petróleo?
¿Será más importante la tranquilidad moral de factura porteña que la brutal importancia de lo que se juega en 2011?
Para bien o para mal, es muy posible que el ciclo de Néstor ya fue (aunque eso es materia para otra nota).
El peronismo que puede representar una continuidad con cambio -insoslayable- no tiene muchos jugadores de recambio.
Uno de esos pocos, si no el único, es Gioja.






