Cuando las apuestas posibles se fueron agotando, las monedas para comprar cartones faltaban, y los números salían sistemáticamente malos nos subimos al Avión Negro, tomamos distancia, y también altura. Era necesario. Era necesario “despegar”, parar la pelota, desensillar hasta que aclarase. Y lo hicimos. Fue un módico intento pero rindió algunos frutos. Se forjaron algunas lealtades, algunas perdurables, otras –lamentablemente- resultaron tener fecha de vencimiento. Fue una logia de circunstancias. En medio del final de un ciclo, donde lo que había a mano para transitar era decididamente expulsivo –por posibilista o imposible- subirse al Avión Negro hizo posible un metódico ejercicio de la iconoclastia. Aquél principio de la duda que requería Renato Cartesius como metodología de conocimiento suele en ocasiones emerger como ua necesidad visceral, imperiosa. Es como el niño que desarma su juguete, para ver cómo funciona, mas luego ya no le sirve porque en el proceso de desarmado las piezas se rompieron, quedaron desajustadas. Y entonces ya no resulta de utilidad, a causa precisamente de que le fue posible desarmarlo. Así, la necesaria e imperativa iconoclastia de algunos cánones malaprendidos redundó en un tónico vigorizante de la voluntad. Lo cocinado en aquellos intramuros tampoco pretendía sustituir verdades agotadas por otras, se trataba de bucear en preguntas apenas provisorias. Un saldo: archivar los expedientes del positivismo y de las narraciones teleológicas. El futuro no está escrito, ni tiene punto de llegada. La Revolución no es un acontecimiento redencionista, nomás un mito, Soreliano eso sí. Pero nosotros ya teníamos un mito, nuestro, y de eficacia comprobada, como para subsumirnos en otra religión del Libro, en una teleología, cuyos efectos en la militancia cotidiana tenían, por añadidura, efectos colaterales de indeseada perversión. Leímos a Fukuyama, empezamos por el principio del fin (de la historia). Y descubrimos dos cosas: una, que en lo más sustantivo de su tesis tenía razón, y la otra, que quienes lo citaban (pro o anti) eran en su inmensa mayoría farsantes desinformados. Ese momento de refugio, más vale, no va a quedar en ningún libro de historias o testimonios, ni debería. Consistió en un módico juntarse a tomar mate alrededor de una mesa, para terminar varias horas más tarde, alrededor de esa misma mesa, tomando vino, en la conclusión certerísima de haber derribado las “teorías” vigentes. Visto a la distancia no aparece como tan pretencioso. Si nuestra crítica era berreta, más lo eran las “teorías” puestas en cuestión. Pero, como sea, la experiencia amplió los horizontes de lo posible, nutrió de los pilares de la ética de la responsabilidad. Por fin llegó la hora, arbitraria como todas las horas que llegan, y aterrizamos cómodamente y sin mayores debates internos. Decidimos, casi espontáneamente, abordar una nueva y entusiasta militancia. No fue la definitiva, pero sí un gran “salto hacia delante”. Los tiempos se volvían más tumultuosos. Las armas de la critica y la critica de las armas. Dicotomía irresoluble. Lo que sí, entramos a la cancha como un equipo aceitado. Claro, después el correr de las fechas, los libros de pases, titulares y suplencias, lo fueron desagregando. No importa. Yo estuve ahí.
7 de setiembre
Eran tiempos de certezas, de pólvora, del llamado de la historia hecha presente, que convocaba, interpelaba y convocaba, de manera urgente, sin especulaciones ni reparos por el propio destino individual. Eran tiempos ahora inaprensibles, y en cierta manera incomprensibles, tiempos cuya lógica del tiempo y de la entrega no podemos hoy -y más aún desde la distancia generacional- concebir. Apenas hacer una lectura, tomar el testimonio de los vivos, de los que sí estuvieron y compartieron, en algún grado, ese universo de certezas que la historia proveía con fulminante contundencia. Podemos -debemos- tomar el testimonio de ellos. De todos. De los que, como la cínica infame de Beatriz Sarlo, se ponen a diseccionar con pretensa racionalidad objetiva, ésa que cobra becas y cargos académicos sin hacerse cargo de en dónde estuvo. Maoísta renegada, que profesaba un milenarismo redencionista mucho más mesiánico que el de Ramus y Abal Medina, que el de los montoneros, de esos montoneros. Porque el 7 de setiembre cayeron en su ley y defendiéndose a los tiros dos militantes peronistas y montoneros. Y por eso el folklore político posterior nos refiere ése día como el día del combatiente montonero. Historia hoy ajada, bastardeada, descrita como pura épica sin dobleces, o como “locura”. Hagámosnos cargo de la Historia, de nuestra Historia. Cuando Carlos Tejedor se levantó en armas contra la federalización de Buenos Aires murieron en pocos días de combates cerca de 4 mil tipos. Hoy existe un municipio de la Provincia de Buenos Aires que lleva su nombre. Las revoluciones radicales, fueron políticas, pero también armadas, y no con revólveres de sevita. Hoy los radicales son los abanderados de la paz, del consenso y de la temperancia. Todos tienen su sangre y sus muertos. Pero al peronismo blasfemo se le niega el honrar a los suyos. Quizá porque todavía conserve algo de maldito. Menos comprensible aún es que dentro del peronismo se les niegue carta de ciudadanía, que se quiera edificar una necrópolis de la ortodoxia (¿cuál ortodoxia?). La dictadura no tuvo esa sutileza, de discriminar entre “combativos” y “contemplativos”, su propósito fue arrasar con el entramado sociocultural del peronismo, sin matices. Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina fueron dos pibes -eran pibes- que se propusieron nada menos que pelear por el regreso de Perón a la Argentina, por el peronismo, por el socialismo nacional, por tantas cosas… Nuestra lectura de la Historia debiera, más temprano que tarde, dejar de ser timorata y culposa, y hacerse cargo de ellos, de todos, sin matices, sin peronómetros, sin carné de afiliación. Dieron su vida, nada menos.
El amor por los objetos
Los objetos pueden ser inertes. Pura cosa material, tangible. Pero los objetos también nos pueden hablar.
Veo en mi mano dos monedas. Una, un dólar de plata, grandota. Un dólar y sólo, y nada más, que eso. Ya ni recuerdo cuándo ni dónde la conseguí. La otra, del mismo tamaño, es pesada, también de plata. Tiene letras y números que algo dicen. Dicen que fue acuñada en Potosí en el año de 1803, con un valor de ocho reales, bajo el reinado de Carlos IV.
Al fin, quizá, un objeto valioso. Valor intrínseco: su peso en plata. Valor histórico: ocho reales de plata, al cabo una pieza no tan rara. Un detalle de la moneda le disminuye ambos valores, como un goterón de plata aplanado que mancha el centro de la efigie de Carlos IV.
Ahí está la diferencia. Porque yo sé que ése machucón significa que esa moneda estaba en la rastra de mi tatarabuelo. Que esa moneda de plata tiene una historia ligada a personas concretas, a varias vidas por las cuales pasó de mano en mano. Recuerdo familiar. Poco y muchísimo.
El amor por los objetos es cosa curiosa.
Un libro es un libro y más también. El libro admite casos patológicos de afición a su materialidad. En tiempos del PDF del eBook, el libro persiste en ser un objeto especial. El libro, la traducción, la edición, la editorial, por cuáles manos pasó, dedicatorias… vaya que el libro tiene connotaciones! Sí, pero también más de las aparentes.
Yo tuve un libro, un libro blasfemo: Mein Kampf. Un posible objeto más en la mesa de una librería. Un icono del exhibidor de un negocio de psicofachos (militaria, insignias, miniaturas, etc.). El libro nazi, escrito por El nazi. Nada menos.
A más, era primera edición en castellano. La portada igual a la edición alemana coetánea del autor. Una… pieza de colección, al menos para los interesados en ése tipo de piezas.
Hasta ahí la pura apariencia. Lo que hay de más es que ése libro había sido de mi abuelo, y luego de mi padre. Y a su turno mío. Leído prolijamente en los tres casos. Mi lectura fue a los, pongámosle, doce o trece años, cuando era rebeldemente facho, como a esa misma edad lo fueron…
Los objetos desligados de quien los piense, de quien porta en su memoria la historia que los connota y les da una entidad distitiva, no son nada, puro objeto, valor intrínseco y valor de cambio. En contacto con el portador de su historia son, en cambio, fragmentos de una humanidad que transmite su memoria a través de ellos, gambeteando al tiempo.
Cuando un objeto se pierde en el sinfín de los objetos sin sujeto, o cuando el portador de su historia muere sin poder transmitir la memoria de ellos, se pierde una pequeña porción de humanidad, desaparece un pequeño fragmento de vida en el océano cósmico del olvido.
El amor por los objetos es la enfática desesperanza por aferrarse a esos fragmentos de memoria, de indentidad, de lo que nos constituye.
Por eso es que puedo recordar, hasta con afecto, a ese libro blasfemo, a ese objeto maldito y execrado.
Junto a Mein Kampf, supe heredar muchos otros libros, algunos, de seguro se habrán peleado durante los largos años de encierro en una caja.
Heredé -¡junto a Mein Kampf!- un ejemplar de los Manuscritos de 1844. Marx, por si hace falta aclarar. Y un pequeño libro rojo, las Citas del Presidente Mao. No me pidan que explique qué hacían esas cosas todas juntas (algún testimoniio familiar habla de una militante china que mi viejo se habría querido levantar; todos hemos hecho cosas así, no?).
Así conocí a Malraux cuando todavía no me crecían pelos en la cara, y supe -mucho antes de que aparecieran documentales- del orígen francés de las doctrinas contrainsurgentes aplicadas en la Argentina, leyendo a Jean Larteguy y sus Centuriones.
Quizá tenía razón mi vieja, cuando me decía que era muy chico para leer esas cosas.
No tuve que desenterrar libros, estaban ahí, bien ordenados, esperando, esperándome.
Y ahí nos encontramos con El hombre que está sólo y espera -doblemente heredado: había sido también de mi abuelo- aunque sólo comenzé a entenderlo muchos, muchos años después.
La posesión de los objetos, de éstos objetos de los que hablo, es una manera de poseer la memoria, la identidad.
Entender esto es entender la violencia que acompaña a la desposesión, la esencialidad de la violencia que aqueja a los desposeídos, a los desposeídos no sólo de los medios materiales de subsistencia, sino de los objetos que les comunican su historia e identidad.
Poseer esos fragmentos de materialidad que a uno lo constituyen es, sin duda, ser un privilegiado.
El amor por los objetos, de ésos objetos, es la tenue conciencia de ese privilegio.
Alguna vez me han dicho que soy un conservador. Quizá con razón.








