Y los tipos seguían con la cantilena de la orga. Aunque lo dijeran de manera un tanto más alambicada seguía siendo la misma estructura conceptual del leninismo desleído de los setenta. Porque si en los setenta toda conepción organizativa fierrera estaba presidida por un imperativo moral –y moralizante- que capturaba la voluntad dentro de un entramado burocrático autoritario, al menos en aquellos tiempos la resultante de esa moralina se jugaba en el estrecho filo de la vida y la muerte, sin apelaciones y de verdad. Con matices, cierto, pero la cosa, aunque plagada de estudiantina y moda, en definitiva terminaba en Devoto o en el cementerio, y eso con suerte. La de estos tipos era anacrónica y berreta. Anacrónica, porque el leninismo de segunda mano de los setenta ya estaba envejecido, y ahora ya era directamente un arcaísmo que no daba cuenta de la realidad de la vida, de la vida política de la gente de carne y hueso, mucho menos del peronismo real. Y berreta –enormemente berreta- porque el revestimiento epopéyico que pretendía legitimarlo era más leve que pintar a la témpera, y en definitiva, terminaba en una rosca de cuatro por un cargo de concejal, y peor aún, las bases materiales para el desarrollo organizativo revolucionarío que profundizaría, esta vez sí, el proceso político, se invertían, de hecho, en un LCD para la casa del “comandante”, que a la vez se jactaba de su novísimo modelo de auto, el primero, posta, de acá de la ciudad en tenerlo. Los tiempos de las piedras, delirantes eso sí, en todo caso habían sido más sinceros.
La Insurrección es un hecho [cuento]
La amplia mesa se encontraba en la semipenumbra. Los rostros adustos de los hombres sentados a su torno centraban la atención sobre el enorme mapa desplegado ante ellos.
- ¿Y González? ¿Cómo estamos en el Norte?- preguntó uno de ellos.
El hombre aludido carraspeó, miró alternadamente al resto y luego se pronunció:
- Las fábricas más importantes se encuentran tomadas, y están conducidas por comités revolucionarios. –Se detuvo un momento, saboreando el efecto de sus palabras, y continuó- Y ya han votado a favor de iniciar la acción.
- Bien, muy bien – exclamó el que había formulado la pregunta- Nos queda definir el apoyo de la pequeña burguesía radicalizada. ¿Qué nos puede decir al respecto, Di Nardo? –prosiguió.
El tal Di Nardo dió un respingo al escuchar su nombre, se acomodó en la silla, atusó su bigote prolijamente afeitado y señaló un papel sobre la mesa.
- La situación no está totalmente definida, pero la mayoría de mi Partido está dispuesta a acompañar al proletariado revolucionario… -luego de una pausa, agregó- Hasta el final.
El hombre que iba dirigiendo las preguntas se inclinó sobre la mesa, apoyó el mentón sobre sus manos entrelazadas y enunció:
- Entonces Señores, pasaré revista a los hechos, tal y como aparecen objetivamente, y dirán ustedes si me equivoco en algo. La mayoría de La Clase Obrera está movilizada, conducida por los elementos de mayor nivel de conciencia revolucionaria que adhieren al Partido, y los grandes establecimientos fabriles están bajo su control; la Burocracia fue desplazada de todas las conducciones relevantes. Las fuerzas del orden se encuentran divididas: una parte de ellas está dispuesta a ir contra el Gobierno y proveernos de armas, la otra parte se niega a reprimir y permanecerá a la expectativa en los cuarteles. La Burguesía está en estado de total confusión y sin una hegemonía clara, ha perdido su ascendiente sobre los sectores que podrían movilizarse en contra nuestra. Finalmente, señores, la mayoría del pueblo está harta de la situación y nos ve con simpatía. Las condiciones, entonces, están dadas –Dejó la última frase flotando en el aire, y cerró su alocución- ¿Estamos de acuerdo?
El silencio se rompió en un estrépito vocinglero donde todos comenzaron a hablar al mismo tiempo. Pese a la superposición de las voces, quedaba clara la coincidencia con el análisis de la situación realizado por quien parecía ser el líder del cónclave.
- Así que, dada la situación, la Insurrección es un hecho –dijo el hombre cuando las voces se fueron acallando.
La sentencia cayó grave, y los hombres que rodeaban la mesa quedaron visiblemente embargados por la emoción. La enorme foto de Vladimir Lenin que decoraba la pared de la habitación pareció cobrar vida, escrutándolos desde el fondo de la historia: estaban ante la inminencia de un acontecimiento de la mayor trascendencia, aquello por lo que habían soñado durante todas sus vidas.
En eso apareció Doña Estela, una gruesa enfermera de ensortijado rulos rubios y ataviada con un delantal rosa.
- Bueno, bueno, abuelitos –les dijo con ternura casi pueril- ya es la hora de ir a hacer noni, a ver si vamos terminando con ésto – Mientras hablaba encendió las luces de la sala, le acomodó la manta en las piernas a González, puso en la mano de Di Nardo una pastillita azul, y le acomodó el cuello de la camisa al que parecía el líder del malhadado cónclave.
Todos los ancianitos dieron en protestar y refunfuñar:
-¿Ya son las nueve? ¡No puede ser, che, siempre lo mismo! –dijo González.
- ¡Pero Estela, ya estábamos por terminar! –protestó Di Nardo.
- Ufa, justo ahora que estábamos por discutir el Programa- se lamentó el líder, quejumbroso- ¿No podemos al menos dejar todo acá hasta mañana?
- Ay, Don Wermuz… Si usted sabe que esta mesa la usamos a la mañana para servir el desayuno –le reconvino con dulzura Doña Estela- A ver, Di Nardo, acuérdese por favor de hacer pis, si necesita ayuda sabe que me puede llamar.
Uno de ellos, que no había participado en el postrero intercambio de opiniones le espetó a Wermuz:
- Yo canto que mañana soy del Partido, ¡ya hace tres días que tengo que ser la Burguesía! –protestó.
La enfermera lo ayudó a ponerse de pie hasta que el hombre estuvo firmemente asido al bastón, y luego empujó la silla de ruedas de González hacia el pasillo, en dirección a su habitación. Uno a uno se fueron retirando, y a los pocos minutos Doña Estela estaba de vuelta.
Acomodó las sillas, y luego empezó a recoger las fichas, las tarjetas y los dados desparramados sobre la mesa. Con primoroso cuidado las fue acomodando en una gran caja, primero las fichas rojas que representaban a los Obreros Revolucionarios en un casillero, las fichitas amarillas de la Burocracia Sindical en otro, y así con gran cuidado hasta que finalmente plegó el enorme tablero y lo depositó en un aparador. Al día siguiente seguirían jugando a la Revolución, como todos los días.
Apagó las luces dejando un tenue velador encendido, y se retiró a su habitación. El Geriatrosco dormía tranquilo.






