¡¡¡ Vamos Me#em!!!

Es el mejor spot televisivo de la historia de la publicidad política argentina, he dicho, y lo creo.

Salió al aire en aquellos días posteriores a la primera vuelta electoral de Mayo de 2003, antes de que el destino…

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Published in: on septiembre 22, 2010 at 7:17 pm  Dejar un comentario  

una madrugada [19.12.09]

Bajo los pétalos negros de la noche moribunda
Tu carrusel enloquecido va desafiándome
A encontrar el mágico talismán inaccesible
Que me abra las puertas anchas de tus brazos

Tras los cristales negros de la rauda cosmonave
Desprevenidas palabras bordean en el peligro
Jugando temerario a tu esgrima insaciable
Buscando pulsarte una cuerda de ternura

Bajo las negras sortijas salvajes de tu pelo
La suma transfinita de tus ojos y tu boca
Diciendo sin decirme la cifra de tus dichos
Tentándome a apostar a los naipes del olvido

Bajo los flecos rosados de la noche amanecida
El agónico y confuso encuentro de tu boca
El miedo lo entredicho las preguntas impensadas
Apuesta de minutos y de incógnitos presagios

Bajo el celeste aluvional de mi patio trasnochado
Una mesa una silla el balance y la memoria
Juntando a pedacitos cada pieza de la historia
Que relata nuestro viaje en su ida y su regreso

Published in: on septiembre 21, 2010 at 2:53 pm  Dejar un comentario  

Un Avión Negro

Cuando las apuestas posibles se fueron agotando, las monedas para comprar cartones faltaban, y los números salían sistemáticamente malos nos subimos al Avión Negro, tomamos distancia, y también altura. Era necesario. Era necesario “despegar”, parar la pelota, desensillar hasta que aclarase. Y lo hicimos. Fue un módico intento pero rindió algunos frutos. Se forjaron algunas lealtades, algunas perdurables, otras –lamentablemente- resultaron tener fecha de vencimiento. Fue una logia de circunstancias. En medio del final de un ciclo, donde lo que había a mano para transitar era decididamente expulsivo –por posibilista o imposible- subirse al Avión Negro hizo posible un metódico ejercicio de la iconoclastia. Aquél principio de la duda que requería Renato Cartesius como metodología de conocimiento suele en ocasiones emerger como ua necesidad visceral, imperiosa. Es como el niño que desarma su juguete, para ver cómo funciona, mas luego ya no le sirve porque en el proceso de desarmado las piezas se rompieron, quedaron desajustadas. Y entonces ya no resulta de utilidad, a causa precisamente de que le fue posible desarmarlo. Así, la necesaria e imperativa iconoclastia de algunos cánones malaprendidos redundó en un tónico vigorizante de la voluntad. Lo cocinado en aquellos intramuros tampoco pretendía sustituir verdades agotadas por otras, se trataba de bucear en preguntas apenas provisorias. Un saldo: archivar los expedientes del positivismo y de las narraciones teleológicas. El futuro no está escrito, ni tiene punto de llegada. La Revolución no es un acontecimiento redencionista, nomás un mito, Soreliano eso sí. Pero nosotros ya teníamos un mito, nuestro, y de eficacia comprobada, como para subsumirnos en otra religión del Libro, en una teleología, cuyos efectos en la militancia cotidiana tenían, por añadidura, efectos colaterales de indeseada perversión. Leímos a Fukuyama, empezamos por el principio del fin (de la historia). Y descubrimos dos cosas: una, que en lo más sustantivo de su tesis tenía razón, y la otra, que quienes lo citaban (pro o anti) eran en su inmensa mayoría farsantes desinformados. Ese momento de refugio, más vale, no va a quedar en ningún libro de historias o testimonios, ni debería. Consistió en un módico juntarse a tomar mate alrededor de una mesa, para terminar varias horas más tarde, alrededor de esa misma mesa, tomando vino, en la conclusión certerísima de haber derribado las “teorías” vigentes. Visto a la distancia no aparece como tan pretencioso. Si nuestra crítica era berreta, más lo eran las “teorías” puestas en cuestión. Pero, como sea, la experiencia amplió los horizontes de lo posible, nutrió de los pilares de la ética de la responsabilidad. Por fin llegó la hora, arbitraria como todas las horas que llegan, y aterrizamos cómodamente y sin mayores debates internos. Decidimos, casi espontáneamente, abordar una nueva y entusiasta militancia. No fue la definitiva, pero sí un gran “salto hacia delante”. Los tiempos se volvían más tumultuosos. Las armas de la critica y la critica de las armas. Dicotomía irresoluble. Lo que sí, entramos a la cancha como un equipo aceitado. Claro, después el correr de las fechas, los libros de pases, titulares y suplencias, lo fueron desagregando. No importa. Yo estuve ahí.

Published in: on septiembre 20, 2010 at 4:36 am  Comentarios (3)  
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¿Qué va a hacer Doña Serpiente?

Published in: on septiembre 16, 2010 at 10:16 am  Dejar un comentario  
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Y hay que ir…

… por supuesto que sí.

Published in: on septiembre 13, 2010 at 7:37 pm  Dejar un comentario  
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Basta de Épica

Escribo esto mientras la noticia de la internación de NK inunda los medios, los canales, el féisbu y el twitter. Y todos estos canales de comunicación horizontal, militante y también periodística transpiran de “aguante”, y de “épica”. El tipo internado dispara chorreras de “fuerza Néstor”, y “Vamos!” y cosas así. Como si la suerte del tipo que está internado dependiera de mensajes de texto, y de posteos y de twiteos. Yo no sé si seré o un insensible o un cínico, pero de veras que me siento incapaz, absolutamente incapaz, de compartir o empatizar con esa “corriente expresiva”. Por suerte la presidente es Cristina, y no Néstor, porque Cobos sigue ahí, y todavía falta un año para las elecciones, y en los pasillos de los cuarteles jenízaros más de uno ya debe estar expeculando con un remix del “efecto carótida”, cuando lo que debiera estar en danza en todo caso es lo contrario, es decir, la endeblez de un proyecto cuya aparente piedra angular resulta tan vulnerable a los picos de presión. Pero es como si nada, y los muchachos tienen que hacer la peregrinación a la puerta del lugar, y mostrarse, y especular, y desmentir o ratificar, y pasar el dato –posta loco- en confianza, porque a mí me lo dijo mengano o zutano –¿viste bobo, que yo tengo línea directa con mengano o con zutano?- y lo que pasó es esto y aquello. Y yo creo que no necesitamos tanta épica, que no necesitamos de nada de épica, que ya está, que sí, como dice Luciano, ya está amortizado. Que necesitamos Paz y Administración, y consolidar lo verdaderamente importante y sustancial. Escucho “épica” y me resuenan las películas ésas de los 60’ en cinemascope, las históricas, de romanos y de Grandes Batallas finales. En ésas “épicas” siempre hay un clímax de Grandes Batallas finales. Y la Argentina, el peronismo, la gente, el pueblo, creo -humildemente- que más que Grandes Batallas finales requiere de sostener lo que anduvo y resolver cuestiones que poco tienen de épicas. Quizá sea mucho más importante lograr que la garrafa de gas llegue adonde tiene que llegar a un precio accesible que consumar la Gran Batalla final contra Clarín. Sí, sí, los tipos te van a salir con que los poderes fácticos, y que si se les da la estocada ahora después esto y lo otro. Pero al tipo que lo esquilman con la garrafa, y que nos tiene que votar el año que viene puede pensar –con toda razón- que si se puede dar la Gran Batalla final contra Magnetto, Clarín y la sinarquía, porqué no se podrá conseguir algo mucho más sencillo como es que no lo esquilmen con el precio de la garrafa. Y todo el sainete alrededor del tipo internado –que también tiene mis plegarias, obviamente- tiene demasiados visos de sobreactuación, de exhibicionismo, de vedettismo: mucho tiempo pasó ya con internas de pasillo, en disputas por metros cuadrados de despacho, mientras afuera –y no tan lejos- la calle y el territorio vivían su vida, pletórica de vitalidad, como siempre, resolviendo su subsistencia material y política por sus propios medios. Pero igual aparece como una compulsión de mandar el “aguante Néstor”, quizá hay toda una franja militante demasiado “conectada” (ja, y lo digo yo, justamente), demasiado voraz por la precisa, como un acto reflejo del periodismo más amarillo. Está bien, loco, todo esto preocupa, pero no podemos hacer nada, ni está en nuestras manos, ni movemos el amperímetro de nada con tanta barahúnda, sinceremos, si de ánimo se trata tomémonos de las manos y recemos, no le hagamos creer a nadie que esto es militancia.

Published in: on septiembre 12, 2010 at 2:06 am  Comentarios (7)  
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Ni los fantasmas [cuento]

La humedad se condensaba en los fracturados adoquines de la calle oscura. Las viejas piedras de granito brillaban con el resplandor anaranjado que sobre la techumbre nublada del cielo proyectaban las luces de mercurio de la ciudad, tan próxima y lejana.

El Sol se había ocultado ya. La última claridad del atardecer se iba desvaneciendo del todo. Las casas vacías, bajas y antiguas, flanqueaban la calzada a lo largo de dos cuadras. La mayoría estaban semiderruídas. Les faltaban techos y aberturas. Tenían los revoques agrietados, las puertas cerradas con chapa y madera ocultando los zaguanes rotos. Algunas ventanas, balconeando sobre la vereda, conservaban restos desvencijados de sus postigos, muchas, ni eso. Era lo que quedaba del antiguo barrio.

Fueron llegando de a poco, saliendo de las casas iban a reunirse en la esquina del almacén. Primero fue Don Victorio el constructor –“construtore” y no “maestro mayor de obras”, como siempre se encargaba de aclarar-. De su lápiz, y de sus manos, habías salido buena parte de las casas del barrio. Luego llegaron los Pietranera, encabezados por el viejo Giulio. Con él venían sus seis hijos y veintidós de sus nietos. Don Victorio les repartió una indicaciones, un grupo fue a la búsqueda de picos y palas, y otros a mano desnuda nomás, empezaron a remover adoquines. Jacinto Olmos apareció con menos gente, pero Doña Ofelia –su patrona- rápidamente, y con ayuda de las de Pietranera, se puso a juntar baldes, bateas, pinceles y rodillos. En tanto Jacinto y los suyos se daban a la tarea de desmontar los restos de postigos, zaguanes y aberturas que subsistían en las casas.

La cosa no se detuvo allí. Seguían llegando. Llegaron Mercado, el almacenero, Bastos, el talabartero, los hermanos Ferretti, que habían tenido taller de herrería a varias cuadras de allí, pero vivían en la esquina done ahora terminaba el viejo barrio. Y muchos más, eran cuatro generaciones que habían vivido y trabajado en esas casas ahora vetustas. Se arrimaban a la esquina donde Don Victorio distribuía tareas, indicaba, asistia y organizaba. Pronto las dos cuadras eran un hormiguero de gente que iba y venía. Martillaban, lijaban, rasqueteaban, pintaban, serruchaban. No tenían mucho tiempo, era la última oportunidad, la última resistencia.

El último en llegar fue el “Colacha” Lucero. Medio linyera, medio vagabundo, de tiempo en tiempo botellero, viviendo siempre en los fondos del galpón de Mouriño. Se sentó sobre unas maderas en la esquina del almacén, sacó del estuche un pequeño acordeón a piano y se puso a hacer lo que en verdad sabía. Del viejo y apolilado fuelle brotaron, revoloteando por el aire febril de las dos cuadras, una mescolanza continuada de canzonettas, milongas, polkas, valsecitos, sambas y pasodobles. La calle, entonces, parecía menos oscura.

¡“Ring, ring”!

El Ingeniero dejó la maquinita de afeitar y fue a atender el teléfono con media cara llena de espuma.

-Hola, ¿quién habla?

- Buenos días Ingeniero, y discúlpe que lo moleste en su casa, soy Negri, el Capataz.

- Ah, Negri, sí. Buen día ¿Cómo anda eso? ¿Algún problema?

- Mire, puede ser, sy y no. Bah, no sé. ¿Cómo explicarle? Si fuera posible le iba a pedir que se diera una vuelta por acá. Para ver ¿vio?

- Pero, ¿qué pasa? Dígame, por favor, ¿ha habido algún inconveniente?

- Y, los muchachos todavía no han querido empezar, por las dudas. No sabemos muy bien qué es lo que puede estar pasando. Yo, la verdad, que tampoco, es todo muy raro, y…

- A ver, Negri –le interrumpió el Ingeniero, ya ofuscado- ¿No me puede decir qué es lo que pasa?

- Vea Ingeniero, la verdad es que así por teléfono no sabría cómo explicarle. Perdone que le insista, pero tendría que venirse Usted mismo para acá.

- Bueno, bueno, yo ya estaba saliendo, pero más vale que sea algo serio, porque voy a llegar tarde a una reunió que tenía en la empresa.

El Ingeniero cortó el teléfono, puteando para sus adentros. Los trabajos deberían haber comenzado a las siete de la mañana, y ya eran las ocho y media. Hasta ahora estaban dentro de los tiempos estipulados en la licitación y, si por cualquier problema –laboral, imaginaba él- llegaban a atrasarse unos días siquiera, él, como director de obra, estaba frito.

Frenó la camioneta en la entrada del obrador. El enjambre de cascos amarillos que entrevió detrás del cerco de madera que circundaba toda la zona de obras incrementó su enojo. Eran casi las nueve y todavía estaban los obreros todos allí, sin trabajar. Faltaban nada más que dos cuadras, y la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, desembocaría en el nuevo acceso a la autopista.

Dos cuadras de casas ruinosas. De un lado se iba a levantar un shopping con estacionamiento para cuatrocientos vehículos, y enfrente, un lujoso complejo de edificios de oficinas, las cuales ya estaban vendidas antes de que se hubiera plantado un solo ladrillo. Y el tiempo contaba. No era como cualquier otra obra pública, aquí había un montón de plata de inversionistas privados, que medían con cronómetro el uso que se le daba a los recursos comprometidos en el proyecto. ¡Dos cuadras de mierda! De casas decadentes que se caían a pedazos, y los obreros hacía dos horas que tendrían que estar trabajando, demoliéndolas.

- Venga Ingeniero, venga a ver Usted mismo –el capataz lo fue guiando hacia dentro del obrador, moviendo los brazos como aspas para señalarle lo que debía ver- Así como ve encontró las cosas el sereno. ¿Ve? No falta nada, pero ha quedado todo hecho un desparramo. Yo por teléfono no le quise decir más para que no se enbronque de gusto, además pensé que eran macanas de viejo. Porque la cosa es que dice el hombre que desde hace unos días viene escuchando cosas… ruidos, como de gente que habla, y qué sé yo qué más. Según parece ha salido de la garita varias veces cada noche, pero no ha visto a nadie, ningún movimiento raro, y ahora esto…

Mientras hablaba pasaron entre medio de los obreros silenciosos, que miraban desconfiados la llegada del Ingeniero, y al terminar la parrafada, el capataz detuvo sus pasos justo en la bocacalle, en el extremo de esas dos cuadras que restaban ser derribadas para que pasara la nueva avenida de cuatro carriles por mano.

El Ingeniero ya no vio esas dos cuadras de adoquines grasientos y rotos, llenos de baches, de casas viejas y deterioradas. A la vista de sus ojos se extendía una calle de adoquines pulidos y relucientes, primorosamente colocados, con arena húmeda aún en sus instersticios, dibujando ese sinfín de semicírculos que se iban intersecando y superponiendo a lo largo de las dos cuadras.

A ambos lados de la calle lucían las casas impecables y coloridas, como el barrio de Caminito en La Boca, como una postal turística. La casa de la esquina más próxima era de un celeste intenso, la seguía una de blanco tiza. Luego, un caserón de amplio frente, con dos ventanas a cada lado del zaguán y cochera, estaba pintada de un rosado suave. Verde lima, lavanda, aguamarina, naranja, amarillo, las dos filas de casas eran como una caja de acuarelas. Allí en la esquina, la persiana del almacén, sin rastros de herrumbre y pintada de un verde oscuro, parecía nueva y mostraba, escrito en el fileteado que hacían los letristas de antes, el nombre del comercio. Los postigos de las ventanas y los zaguanes se veían prolijamente reparados, lo mismo que las barandillas de los balcones. Las molduras, las veredas, los cordones de las veredas, todo era flamante.

No era posible. Allí tendrían que haber trabajado a brazo partido varias cuadrillas de gente. Apenas dos tardes atrás el Ingeniero había recorrido la zona, supervisando que estuviera todo dispuesto para ejecutar el último tramo restante y comenzar la demoliciónesa misma funsesta mañana, y el aspecto de esas dos cuadras endemoniadas era igual de calamitoso que cuando se había iniciado la extensión de la nueva avenida, de cuatro carriles por mano, hacía ya más de cinco meses.

- Esto… parece joda –alcanzó a murmurar estupefacto.

Caminó las dos cuadas hasta el otro extremo, donde se estaba construyendo el acceso a la autopista, seguido por los pasos presurosos del capataz.

El desconcierto fue cediendo su lugar a una contenida ira. Imaginó que las consecuencias de lo sucedido se le adjudicarían a su responsabilidad. Quienquiera que estuviese detrás del insólito acontecimiento, no sólo complicaba a la empresa, al municipio, a los inversores, al plan de reordenamiento urbano. Querían joderlo a él, le estaban jodiendo la vida.

Tanteó la pared. Claramente la pintura estaba todavía fresca. Probó en un zaguán, y lo mismo, el barniz apenas se estaba secando. Tomó el picaporte, de bronce reluciente y lustroso, y apenas empujó cedió abriéndose con facilidad. Entonces creyó encontrar el sentido de toda la enojosa situación. Probó en dos o tres puertas más y halló lo mismo. Puertas adentro las casas seguían semiderruídas como la habían estado los frentes y la calle hasta el día anterior. Todo el misterio terminaba en las fachadas. Parecía uno de esos megaestudios de filmación donde sólo los frentes de los edificios tienen existencia real.

Velozmente regresó al obrador, decidido ya lo que debía hacer. Llamó a los obreros, trepó a una pila de escombros y se dispuso a arengarlos como si se tratara de un batallón de soldados en vísperas de entrar en combate. Les dijo que, verdaderamente, no tenía idea de quienes habían hecho semejante fantochada. Pero que, bien lo sabían, todo el proyecto de reordenamiento urbano había sido cuestionado por la oposición al gobierno y, claramente, debía haber intereses políticos por detrás de lo sucedido. Que en todo ello, seguramente, estaba la mano de las asociaciones de vecinos y los grupos de protesa que habían accionado en la justicia para que las obras no se ejecutaran. Que, probablemente, habrían ingresado por la noche a acopiar los materiales en el interior de las casas. Les aclaró, terminantemente, que no iban a paralizar la obra sólo porque algunos chistosos hubieran pintado de colores los frentes de las casas. Hizo hincapié en que, si no empezaban a trabajar, iba a tener que hablar con el sindicato para ver si es que ellos estaban en huelga, o si había algún otro motivo de peso para que estuvieran allí sin hacer nada. Les señaló que, en definitiva, lo que estaba en juego eran sus puestos de trabajo y los jornales que deberían cobrar. Le dijo, además, que eran gente grande como para andar haciendo bulla por cuentos de aparecidos y pavadas así. Por fin, concluyó, enfático:

- Así que, muchachos, a laburar. Acá, en un par de días, de estas dos cuadras, no tiene que quedar nada, ni el recuerdo de los fantasmas.

Luego de la arenga, el Capataz se fue aparte con el Ingeniero, quien le dio unas breves y rotundas directivas, regresó enseguida al grupo de obreros y comenzó a disparar órdenes, poniéndolos en movimiento.

Quebrada ya la parálisis, ambos se dirigieron hacia la topadora. La máquina resopló varias veces hasta que el enorme motor diesel se pudo en marcha. El Ingeniero se trepó a la escalerilla junto a Negri, que ocupaba el asiento del conductor. Las cosas eran así, había que dar el ejemplo. Por detrás de ellos se iban sumando el tronar de la pala mecánica y la motoniveladora.

Aún el capataz, apretando los dientes y enarcando las cejas, como con un resto de duda, miró interrogante al Ingeniero, que, para hacerse oír por sobre el estrépito de motores, gritó, alto y fuerte:

- Déle ¡déle nomás!

La Plata, 2007

Published in: on septiembre 11, 2010 at 6:30 pm  Dejar un comentario  
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7 de setiembre

Eran tiempos de certezas, de pólvora, del llamado de la historia hecha presente, que convocaba, interpelaba y convocaba, de manera urgente, sin especulaciones ni reparos por el propio destino individual. Eran tiempos ahora inaprensibles, y en cierta manera incomprensibles, tiempos cuya lógica del tiempo y de la entrega no podemos hoy -y más aún desde la distancia generacional- concebir. Apenas hacer una lectura, tomar el testimonio de los vivos, de los que sí estuvieron y compartieron, en algún grado, ese universo de certezas que la historia proveía con fulminante contundencia. Podemos -debemos- tomar el testimonio de ellos. De todos. De los que, como la cínica infame de Beatriz Sarlo, se ponen a diseccionar con pretensa racionalidad objetiva, ésa que cobra becas y cargos académicos sin hacerse cargo de en dónde estuvo. Maoísta renegada, que profesaba un milenarismo redencionista mucho más mesiánico que el de Ramus y Abal Medina, que el de los montoneros, de esos montoneros. Porque el 7 de setiembre cayeron en su ley y defendiéndose a los tiros dos militantes peronistas y montoneros. Y por eso el folklore político posterior nos refiere ése día como el día del combatiente montonero. Historia hoy ajada, bastardeada, descrita como pura épica sin dobleces, o como “locura”. Hagámosnos cargo de la Historia, de nuestra Historia. Cuando Carlos Tejedor se levantó en armas contra la federalización de Buenos Aires murieron en pocos días de combates cerca de 4 mil tipos. Hoy existe un municipio de la Provincia de Buenos Aires que lleva su nombre. Las revoluciones radicales, fueron políticas, pero también armadas, y no con revólveres de sevita. Hoy los radicales son los abanderados de la paz, del consenso y de la temperancia. Todos tienen su sangre y sus muertos. Pero al peronismo blasfemo se le niega el honrar a los suyos. Quizá porque todavía conserve algo de maldito. Menos comprensible aún es que dentro del peronismo se les niegue carta de ciudadanía, que se quiera edificar una necrópolis de la ortodoxia (¿cuál ortodoxia?). La dictadura no tuvo esa sutileza, de discriminar entre “combativos” y “contemplativos”, su propósito fue arrasar con el entramado sociocultural del peronismo, sin matices. Gustavo Ramus y Fernando Abal Medina fueron dos pibes -eran pibes- que se propusieron nada menos que pelear por el regreso de Perón a la Argentina, por el peronismo, por el socialismo nacional, por tantas cosas… Nuestra lectura de la Historia debiera, más temprano que tarde, dejar de ser timorata y culposa, y hacerse cargo de ellos, de todos, sin matices, sin peronómetros, sin carné de afiliación. Dieron su vida, nada menos.

Published in: on septiembre 7, 2010 at 4:42 am  Comentarios (3)  
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