El tiro del final

La carta le llegó en vísperas de entrar en batalla. Claro que ella, al escribirla, no lo podía saber, puesto que la guerra tendía su manto de secreto incluso sobre lo que se vertía en la correspondencia privada.

La carta decía que lo abandonaba definitivamente. En verdad habían sido sólo tenues promesas, pero que, en medio de la guerra y de sus acechanzas constantes sobre la vida, eran para él toda una montaña de esperanza, la única certidumbre a la cual aferrarse.

No se trataba de una mala mujer, apenas egoísta, acaso leve e insensible. Había conocido a alguien más prometedor que él, más próximo, y sobre todo, inmediatamente factible. Alguien que no estaba en la guerra, alguien a quien no necesitaba esperar.

Sintió un dolor que jamás había experimentado. Ahora nadie lo aguardaba, nadie iba a escribirle, rezarle ni a cuidar de él a su vuelta. Nada le quedaba en la vida, salvo sus compañeros, sumergidos como él en la crueldad y la desesperanza de la contienda. Tan desamparados como él.

No era, a fin de cuentas, y pensado con tranquilidad, una gran pérdida. En todo caso un desasosiego provocado sólo por la precariedad de la existencia que todo lo envolvía a su alrededor.

Sin embargo para él lo era todo, real y atrozmente tangible. Escondió salvajemente la angustia, que lo carcomía por dentro durante cada hora, y que estrangulaba su garganta en cada noche.

La noche de la ofensiva fue el primero en salir de la trinchera. Avanzó fusil en mano con la bayoneta calada, gritando como enloquecido. Los disparos y las esquirlas hacían estragos a su alrededor, pero él no veía nada de eso. Corrió y corrió, vociferando, avanzando entre las explosiones y los alambres de púa. Corrió mucho más que ninguno de sus compañeros, que iban cayendo uno a uno.

La bala, por cierto, no impactó románticamente en su corazón. Penetró por la ingle, perforó una prosaica arteria y luego destrozó su columna vertebral, dejándolo tendido en suelo, inmovilizado por completo.

Mientras se desangraba, sus últimos pensamientos fueron para ella, de dolor y de rencor, imaginando su remordimiento cuando supiera que había caído en combate, conjeturando inútilmente lo que podría haber sucedido a su regreso.

Ya casi no sentía nada, cuando le brotó una lágrima, la única lágrima que derramó por ella, que rodó por su mejilla hasta caer en la tierra para mezclarse con el barro.

Las hombres tienen siempre insondables motivos para alimentar el heroísmo y enfrentarse temerariamente al final de su vida.

Contrariamente a lo que supo imaginar –regresar póstumamente a su pueblo en un ataúd cubierto dignamente con la bandera patria- la ofensiva fracasó, el enemigo recuperó el terreno y su cuerpo fue a pudrirse a una fosa común. Y al olvido.

Las penas de amor, ciertamente, pueden doler aún más que la misma muerte.

Publicado en  on Enero 17, 2010 at 1:29 pm Dejar un comentario
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Hay una playa sin cielo

Hay una playa sin cielo, un verano sin Sol, pero con calor -¡y qué calor!- y con un aire que se resiste a ser respirado. La compañía telefónica dice que me regala cinco mil -¡cinco mil!- mensajes de texto para ser enviados en los próximos seis días. Y los disparo, como una ametralladora, todos, todos, en la misma dirección. Por momentos tengo miedo de que reboten y me hieran, de que me pidan basta ya, silencio, no jodas más. Pero sé que no podría mandar tantos para el mismo lado, ¿alguien podría? ¿alguien puede sostener una comunicación con 343 caracteres por dosis? Me desvío, tengo requerimientos, al parecer, urgentes, ¡qué quilombo que se armó! No entiendo nada, bah, en algún momento del culebrón creí que entendía, pero ahora ya no, yo, digo, y mi maldita honestidad intelectual -¡qué solemne expresión, cristiana!- que a cada paso me obliga a reconocer las fronteras sinuosas entre lo que sé –que creo saber, já- y lo que sé que ignoro, pero que, claro, a veces me adentro en ésa terra incógnita, deduciendo a tientas, infiriéndo cómo es que se puede continuar una penísnsula, sanateando, sí, sanatenado, pero ojo, eh, siempre con seguridad; porque el saber es un territorio, y nunca uno puede convencionalizar un límite sin otear, un poquito, más allá, jamás hay que firmar un contrato de vasallaje entre otro, alguno, autoridad, que tiene el saber, y enfeudarse al proveedor de ése saber, el saber no tiene dueño, no tiene autoridad –salvo los muertos, claro, los ilustres- pasa de mano en mano y se multiplica, existe en acto,  el saber es territorio, hay que pisarlo, es más, pisotearlo bien, y mear en el piso, marcarlo, al territorio. Pero en esta, confieso, impune y honestamente, estoy en bolas. Llamo a mi amigo el economista de cabecera, no atiende, ¿por dónde putas andará? ¿De vacaciones en Valeria del Mar? ¿Con el celu apagado y jugando con los pibes en la pelopincho de su casa? Leo un poco, pero entiendo menos, mucha ambigüedad, negritudes informativas, cada vez comprendo menos el entuerto del asunto, tengo indicios, pero también me choco con mucha sanata del palo; ¿a mí me van a venir a sanatear? ¡Ja! Si yo soy experto en ése arte. Además, como me gusta ser abogado del diablo, termino impermeable a las verdades de barricada, que me gustaría que no, y que la vida me fuera más simple, pero no, pero no puedo, es más fuerte que yo. Lucho pregunta, repregunta e insiste, y yo no sé qué responderle: vamos a tomar una birra y olvidémosnos del quilombo, al fin y al cabo es verano, y los gobiernos nunca caen en verano. ¿Nunca? ¿Seguro? Uy, maldita costumbre de ponerlo en duda todo, de no querer redondear una frase sin tener antes la constatación precisa de lo dicho. No, así no se puede escribir nada, así nunca vas a terminar de escribir nada, metéle y seguí para adelante, total a quien carajos le va a importar. No, te digo que no, te lo prohíbo terminantemente, no te vas a levantar de la mesa, largar la compu e ir a buscar la historia de los meses en que los gobiernos cayeron. Sí, ya está, lo superé, sigo adelante, pude hacerlo, ¿viste, vos que estás allá, viste como pude, viste que lo logré? Y date cuenta de otra cosa, sí, a vos te digo, a vos te sigo diciendo, vos, que tenés miedo de que escriba disparates –que no los voy a escribir, no te preocupes, puedo parecer medio colifa, pero los pies los tengo en la tierra, bien hundidos, eso sí, medio sucios- date cuenta entonces, que tenés que volver, que sí, ya lo sé, vas a volver, pero date cuenta de que tenés que volver, por esto que escribo, por lo otro, por las dudas, por las deudas, por el nudo ése –carajo- que hay que desatarlo y dejar que se deshaga y quede en paz, en la suya. Porque yo te lo dije, aunque sepa poco, a veces sé mucho, ya lo viste vos que puedo ser así, y yo sé que la cosa no va por ahí, aunque a veces dudes, y ojo que me la voy a bancar, porque me la banco, porque estoy preparado para lo que sea, eso no te lo expliqué todavía, pero sí, no voy a derrapar, tengo paciencia, parece que no, que exhudo ansiedad, pero puedo esperar con una templanza que mí mismo me asombra. Como ahora, que siento que tengo que decir algo, escribir algo magistral, iluminador, pero la verdad que no sé, porque no entiendo, y ¿sabes qué? Si no me puedo mentir –en esto, al menos, en otras cosas ya ves que sí- tampoco puedo, y no me sale, mentirle a otros. Así que, así estoy, en blanco, con alguna idea rondando, pero todavía en gestación. Más vale, no puedo esperar toda la vida, ni vos, ni yo, ni los otros, porque capaz que cuando logre darle forma ya estamos yendo a montevideo con el pasaporte asustado. ¿Tremendista, no? Pero es que cualquier cosa puede pasar en este país de locos, de locura insana. Pero yo creo que no, como decía el amigo, seguro que en unos días todo se disipa, un ministro, ponéle, renuncia, y de vuelta a empezar, con las instituciones, la crispación y sarasa. Y los números, y el laburo, y los cafés –americano cortado por favor, para mí-, y las milyuna reuniones de autoayuda política. El año empieza, va empezando, ya pasaron diez días y estamos en el dosmildiez. ¡Dejáte de joder! ¿Dosmildiez dijiste? Sí, y como quien no quiere la cosa agarro la ametralladorita que me regaló la compañía telefónica y disparo otra ráfaga, y está bien, me decís que está bien, que mis sms’s están muy bien, a mí también, me gusta disparar, dispararte. Yo no sé qué va a pasar, con vos, conmigo, con el quilombo que se armó, lo que estoy seguro, segurísimo, es que desde que te fuiste no puedo parar de escribir. Así que volvé, porque quiero saber cómo sigue este experimento, quiero seguir escribiéndo cuando hayas vuelto, y en una de ésas para entonces el ministro renunció y mi amigo vuelve al quinto piso lleno de mármoles, y volvemos a las andadas, a hacer barullo, a predicar las veinte verdades, a salir en una catramina por la ruta compu en mano a ayudar a los compañeros, que nos necesitan, siempre nos necesitan, seremos giles pero hacemos lo que no hace nadie, o que nadie hace gratis. Y no hermano, yo sé Lucho que nos das un par de patadas en el culo a ver si reaccionamos, pero no depende sólo de mí, no sé por dónde andan los muchachos, es Enero, ¿qué querés? Y yo estoy en babia, en Saturno, todavía me estoy levantando de la última caída, no es fácil che. Entonces ya viste, vos que estás allá, no hice disparates, no me dí la cana, sanateé así, medio que sí, medio que no, pero vos sí lo vas a entender, vos sí. Volvé, cuando debas hacerlo, pero acá, volvé por favor.

Publicado en  on Enero 11, 2010 at 2:49 am Dejar un comentario
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Por entre los escombros

Por entre los escombros de sus brazos
Asoman las ruinas / olvidadas ruinas
Tumulto de historias polvorientas
De mis banderas ajadas
De corazones alambrados
De Logias perennes que siempre
Claudicaron sin retorno a su mentira
Entre la sierra maestra de su pelo
Se enriedan unos dedos / mis dedos
Desconsolados de tintas y teclados
Que buscaron apropiarse
Por una vez / por siempre / de su sonrisa
De aquella sonrisa inconmensurable
Recobrada en una hipérbole de tiempo
De conjuros y desiertos
De cósmicos mundos dibujados
Entre los pliegues de esas sábanas corruptas
Sólo se escriben epílogos
Párrafos finales concluyentes
Que cierran y consuman los textos acabados

Publicado en  on Diciembre 17, 2009 at 11:51 pm Dejar un comentario
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¿Y si no pasamos a la 2ª vuelta?

Ver ACA el informe completo

El escenario es contundente, contra Hannibal Lecter o Piñón Fijo. Néstor pierde.

Me dirán que falta todo el 2010, que en el medio estará el despliegue de una renovada agenda “progresista”, que está la Asignación por Hijo, que la recuperación económica de acá al 2011…

Muchachos, la verdad, cuesta ver cómo se puede cerrar esta brecha, esta fractura, que pareciera tener connotaciones ya más culturales que políticas o económicas.

Cuesta imaginarse que, aunque la economía crezca nuevamente al 9% anual, se pueda revertir la aversión a la persona de Néstor que reflejan estos números.

Podemos cuestionar los números, claro, e imaginar una realidad idílica coincidente con nuestros deseos. Es una elección. Y hasta respetable, reconfortarse pensando que llegaremos salvos a New York para que sea menos angustioso el tiempo de espera del témpano y la hora de subir a los botes.

También, en esa postura, se puede terminar como la orquesta, continuar tocando hasta que el agua comienze a mojar los zapatos… y ya no haya botes. Heroico, sin dudas, la épica de aguantar los trapos hasta el último cartucho seduce.

En el medio aparecerán -ya aparecen- los auditores de la duda. Aquéllos dispuestos a repartir -simbólicos- tiros en la nuca de quienes duden del rumbo, de quienes afirmen ver el témpano en el horizonte, de quienes adviertan que el agua ya va llegando a la cubierta.

Sí, son lo que dirán que la culpa la tuvo el témpano, no el rumbo, ni la velocidad, ni la escasez de botes.

Pero lo que está en juego es mucho más importante.

Está en juego el riesgo enorme de un gobierno de Cobos en el 2011.

Un gobierno gelatinoso. El sustento político de la gobernabilidad de Cobos hace que, en comparación, la Alianza que entronizó a De La Rúa parezca el Partido Bolchevique.

Un Gobierno delante del cual formarán en prieta fila las Corporaciones munidas de sus pliegos de demandas.

La cúpula empresaria pedirá el dólar a 6 mangos, los componentes de la Mesa de Enlace irán con la tijera de podar por las retenciones, y los “mercados” ofrecerán seductores combos de plazos y tasas para reinsertar a nuestro país en el mundo financiero.

Porque, muchachos, un gobierno de Cobos deberá administrar la resultante de todas esas tajadas. Deberá administrar el ajuste del gasto público.

Asusta proyectar las secuelas del daño social que puede causar.

Y nosotros, muchachos, no vamos a estar ordenando filas disciplinadamente esperando el clarinazo de la contraofensiva, conducidos por el ex-presidente patagónico.

Nosotros habremos sido derrotados.

Ni hablar si llega a estar en riesgo la Provincia de Buenos Aires.

El peronismo entrará en una más de sus revulsiones históricas.

Sí, podemos cuestionar estos números que ilustran el inicio. Podemos imaginar que todo es tan volátil… que el peronismo seguirá a Néstor aún y a pesar de sí mismo, porque otro no hay. Podemos hilar conspiraciones encuestológicas, podemos insinuar en voz baja y con tono de avivado la posta sobre estos números.

Al respecto, tengo un deyavú.

Esas especulaciones ya las hicimos antes del 28J.

Y perdimos.

La solución, el recaudo estratégico, la incógnita a despejar, será peronista o no será.

La discusión no pasa por el panglossiano “cómo seguir avanzando”, sino más bien, cómo evitar el daño y sostener algunos de los pilares del proceso.

Poco más.

Publicado en  on Diciembre 14, 2009 at 4:05 pm Comentarios (10)
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Compañera

Esto fue escrito hace unos cuantos años ya, bajo otros cielos de lo que entonces era otro mundo. Quizá no sea del todo errado compartirlo ahora con los amigos que pasan a tomar unos mates por acá (en una de esas mi amigo, el músico, un día se anime y me compañe con su piano en un recitado -guitarranegresco- de estos renglones).

***

Estoy de regreso por las calles de la noche, por el empedrado de Junio y los laberintos del invierno.

Acá estoy, buscando una mesa, un par de amigos, cuarenta cigarrillos y tres botellas de vino.

Queriendo dibujar en la cuadrícula del mapa de mi ciudad el derrotero interminable de los bares.

Intentando entre las copas reconstruir los ideales, refutar esas teorías, renegar de la existencia, desahogarme de dolores.

Saludar al diariero, militante de la madrugada, querer descubrir en el suplemento del domingo los motivos de la ausencia indescifrable.

Refundar el universo en la mesa del café y descubrir que, aún, estoy vivo, a pesar de todo, y por eso mismo, por estar sentado en esa mesa, junto al ventanal que da a la calle, mirando el desfile de la noche, la comparsa de la vida.

Deseando descubrir en cada abrirse de la puerta a esa amiga, Compañera.

Esa que nunca jamás será más nada, que nada más, que acaso una amiga, Compañera.

Buscándola y soñándola.

Preguntándome por qué, por qué fueron así las cosas, si tal vez hubieran sido, quizá, de otra manera, si era posible, o por qué no, por qué.

Deseándola y odiándola, queriéndola fatalmente, solamente, Compañera.

Apuntalando la resignación de nunca más tenerla entre mis brazos.

Cincelando en mi memoria, incansablemente, aquella vez, única, irrepetible, en que desperté sus besos salvajes, su mirar enardecido, sus dedos en mis mejillas, mi manos en su cintura, el infinito todo en un instante de una sola noche.

Cómo haré ahora para mirarla a los ojos y corresponder a su sonrisa.

Cómo haré para contrapuntear sus comentarios maliciosos.

Cómo voy a hacerlo, cómo poder rellenar el abismo de silencio que dejó, infranqueable y solitario, cómo actuar el disimulo, y hacer de cuenta que nunca, de ningún modo, aquí haya pasado nada.

Cómo digerir su displicencia y su indiferencia, su mirada a la vez cómplice y esquiva, su no decir por qué ni cómo, más terrible y silencioso que la más traicionera de las trompadas.

Le pregunto al cenicero, desbordante de colillas retorcidas, le pregunto por las claves del ser de la mujer, por la inmanencia del destino fracasado.

Le pregunto a los amigos, ignorantes como yo, solidarios en la duda.

Me involucro en el debate de las psicologías, vanidosas de sí mismas, en su inútil y pedante poder explicativo.

Y descubro solamente, al fin, el corolario de su ausencia, de la ausencia de ella misma, Compañera, que no entra por la puerta que se abre, que no me dice ni me piensa, ni acaso me recuerde tomado de su mano.

Publicado en  on Diciembre 5, 2009 at 9:57 pm Comentarios (2)
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Gobernadores, provincias y recursos naturales

Paisaje de Calingasta

Supongamos una provincia argentina extremadamente árida, con sólo algunos pocos rincones donde el agua y la tierra se conjuran para florecer y brindar algo más que estepa y desolación.

Supongamos también que bajo la tierra se encuentran encerrados inusuales volumenes de recursos naturales no renovables: riqueza.

Supongamos que, dado ese cuadro, y puesto que la tarasca necesaria para explotar esa riqueza del subsuelo es enorme y de difícil atracción, pocas son las posibilidades de la administración subnacional para impulsar el desarrollo de su economía y su sociedad.

Supongamos que, por tanto, ese distrito subnacional sólo cuenta con la inversión pública financiada por el estado nacional, y con esquemas tributarios de promoción a determinadas actividades empresarias, como motor del desarrollo local, como palanca para el desarrollo de infraestructura, como recurso para contrarrestar la emigración de su población y, acaso, impulsar la inmigración.

Supongamos ahora que tenemos dos provincias argentinas que comparten estas características.

Supongamos un último atributo, en este caso referido a los titulares del poder ejecutivo estadual. Supongamos que en ambos casos, y desde diferentes lugares, se les suele imputar a ambos mandatarios la colusión con los intereses privados que explotan su riqueza natural, la hechura de instrumentos jurídicos “facilitadores” del establecimiento o reconversión de las empresas del ramo.

Hasta allí, supongamos.

Hasta allí el juego de las semejanzas, de aquí en más veamos las diferencias.

En una de las provincias el proceso de inversión para la explotación de sus riquezas subterráneas arranca hace un siglo, ni bien se supo que ellas existían, y ese proceso tuvo la virtud de converger con robustas consideraciones geopolíticas y estatégicas que determinaron una diversidad de instrumentos para fomentar la población de su territorio y la extensión de su infraestructura.

En la otra de las provincias el conocimiento de las potencialidades de su subsuelo se remonta a los tiempos en que la corona española regía los destinos de estas tierras. Sólo que por causas diversas, históricas y políticas, económicas y estructurales, nunca se produjo el desencadenante de las grandes inversiones para explotarlas. La geología, los mercados internacionales donde se determinan los precios, los marcos jurídicos, la infraestructura provincial, las volatilidades propias del país -en lo que refiere al regimen cambiario, esquema macroeconómico- y un largo etcétera, hicieron que nunca convergieran capitales de las dimensiones necesarias para la empresa de sacar esas riquezas del subsuelo.

Así, en una de las provincias, la explotación de los recursos del subsuelo fue, desde el inicio de su poblamiento, motor de su desarrollo y atractivo para la inmigración. El particular recurso natural no renovable que se explotaba llegó a formar parte de su identidad regional. Si no hubiera estado esa formidable palanca de desarrollo, su territorio difícilmente hubiese tenido otro horizonte que la agricultura extensiva, alguna agricultura intensiva y el turismo, bendecido este último por la alta valoración de sus paisajes.

La otra provincia, vegetó durante décadas y décadas, animada únicamente por una agricultura intensiva que requería de una continuada inversión pública en sistemas de regadío. Los pedregales lunares que conforman gran parte de su extensión –inapta por demás para toda otra explotación agropecuaria viable- veían pasar soles e inviernos uno tras otro sin que la riqueza contenida en su subsuelo fuera apenas hollada.

De vuelta a las semejanzas, durante los noventa ambos distritos fueron afectados por las reformas estructurales que trastrocaron, en su esencia, buena parte de lo instituido y pensado como inamovible durante los tiempos de la industrialización sustitutiva.

En una de las provincias, se operó un desplazamiento, desde el estado al capital privado extranjero, en la explotación de sus recursos naturales no renovables.

En la otra se promovió decididamente el ingreso de capital privado extranjero especializado en la explotacíón de sus recursos naturales no renovables, sepultados desde hace millones de años y desaprovechados hasta entonces.

En ambos casos, como refería más arriba, diversas voces les imputaron a los respectivos mandatarios provinciales corruptelas y complicidades infamantes con los actores privados.

Hasta aquí la historia parece sincrónica, pero no lo es.

Uno de los mandatarios provinciales llegó a ser Presidente de la Argentina, conductor de un proceso político con evidentes rasgos refundacionales. O, como en toda salida de una crisis profunda, dejando una clara huella en el ciclo de recomposición de la política, y de la economía. Llegó también a ser la referencia indiscutida de un nuevo momento en la vida del peronismo, desencadenando un revulsión de identidades, de trayectos históricos: el revival Nac&Pop, setentista (nos gobierna la dirigencia de los 70’, es un dato no trivial). La adhesión a su persona y a su proyecto se estira todo lo más a la izquierda que ha logrado un liderazgo peronista (exitoso) desde que Ezeiza cerrara con candado -para aquella generación- las puertas del Palacio de Invierno.

Para esa franja heterogénea, Nac&Pop, de Izquierda Nacional, de centroizquierda, progresista, el trayecto pasado de su conductor, su entrevero con el capital privado, extractor de recursos naturales no renovables, no aparecen como significativas. No fungen de prueba fehaciente para una condena moralizante. Importa la encarnadura del proyecto presente. El éthos del Nac&Pop contemporáneo, nutrido con saludables -acaso justas- dosis de realpolitik, admite hacer balance entre lo pasado, con sus márgenes de posibilidad, con los márgenes de posibilidad que suele tener un madatario provincial periférico, y la eficacia del presente.

El otro mandatario es -convicción unánime de la Sociedad Popular- la mejor alternativa, y quizá la única, para que en 2011 tome el relevo un nuevo gobierno peronista. Un nuevo ciclo, sin dudas, seguramente con menos épica que el que ahora encuentra su ocaso, pero muy posiblemente -y es lo que cuenta- eficaz.

El Nac&Pop, la izquierda nacional, el centroizquierda progresista, que tan festivamente acompañó el proceso patagónico, ¿le “perdonará” igualmente al otro mandatario esos “pecadillos” a que debe recurrir para proveer al desarrollo de su pedregoso y estéril territorio?

¿Se trata sólo de que la retórica, el folklore y lo simbólico son la prenda de cambio para que el balance entre el presente y las -pretendidas- colusiones pasadas sea generoso y bonachón?

¿Los DDHH terminan balanceando el contrapeso de quienes fueron activos operadores de la privatización de YPF?

¿El lugar común, instalado por la progresía documentalista, de que la minería es maléfica, será más importante que la enajenación del petróleo?

¿Será más importante la tranquilidad moral de factura porteña que la brutal importancia de lo que se juega en 2011?

Para bien o para mal, es muy posible que el ciclo de Néstor ya fue (aunque eso es materia para otra nota).

El peronismo que puede representar una continuidad con cambio -insoslayable- no tiene muchos jugadores de recambio.

Uno de esos pocos, si no el único, es Gioja.

Publicado en  on Noviembre 30, 2009 at 2:24 pm Comentarios (1)
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Día de la Soberanía

Batalla de la Vuelta de Obligado – Rodolfo Campodónico

No tengo ganas de batir el parche demasiado con el significado de esta fecha. Si alguien llega a este blog creo que algo desto tendrá claro. Les dejo nomás un raro, notable y gratificante hallazgo: Don Alfredo Zitarrosa cantando el triunfo homónimo.

 

Publicado en  on Noviembre 20, 2009 at 1:42 pm Comentarios (1)
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El hincha y la militancia

Empezé a escribir esto como prolegómeno a unas reflexiones sobre el futuro político del kirchnerismo y el peronismo, apenas unas breves tesis sobre lo que se puede venir. Se me extendió, porque creí pertinente precederlas con una toma de posición, una definición del lugar desde dónde escribir. Y se extendió, y creo que esto vale de por sí.

La respuesta es escribir desde un lugar preciso, no neutral ni contemplativo, desde un lugar militante, oficialista, si quieren kirchnerista, pero también –y ante todo- peronista. Desde la convicción que los gobiernos del Néstor y la Cris son lo mejor que nos ha tocado vivir desde el 83’  hasta ahora.

Plantearse las cosas desde el lugar militante significa deslindar esa condición de la de hincha. Si uno es militante político es eso, y a partir de allí se debería tratar de pensar el devenir político. Ser hincha es “aguantar los trapos”, es otra cosa, es furor y fervor, es mantener la estridencia que acompaña al equipo propio aunque le estén llenando la canasta, es sostener el fervor hacia los propios hinchas. Durante el partido rige el imperativo del aguante, no la búsqueda de persuadir a los ajenos para que también se hagan hinchas de los colores propios, mucho menos reflexionar sobre lo que va a suceder dentro de siete fechaso o dentro de dos campeonatos.

A veces pueden parecerse la condición de militante y la de hincha, también la militancia supone “hacer el aguante”, también es fervor y furor, la militancia presupone la pasión por los valores e ideales que se tratan de materializar en la vida de la sociedad. Pero justamente porque se trata de “materializar” –no sólo de declamar a voz en cuello- debe ir acompañada de la reflexión sobre lo que va a suceder dentro de siete fechas o dentro de dos campeonatos. No son, la pasión y la reflexión, “momentos” diferentes y diacrónicos, son –o debieran ser- una unidad. La pasión anima, moviliza, la reflexión ilumina, orienta las acciones; y de esa unidad (dialéctica?) deviene la posibilidad de persuadir, de convencer. La pura pasión acaso vence, pero difícilmente convence.

El fervor y furor del hincha es para el consumo interno. La unidad de pasión y reflexión militante tiene el doble destino de fortalecer a los propios, sí, pero a la vez de persuadir a los otros.

La pasión militante sin vínculo con la exterioridad, creo humildemente, es una pasión estéril, a veces dañosa: encerrados en nuestra pasión podemos creer que nos ha ido fenómeno… con los propios, y quizá no registramos que vamos perdiendo… con los otros.

Soy Hincha (de Gimnasia) y soy Peronista. No es lo mismo, son condiciones distintas.

[PS: el amigo Mendieta hablaba de esto por ACA]

Publicado en  on Noviembre 19, 2009 at 5:23 pm Comentarios (3)
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El amor por los objetos

Los objetos pueden ser inertes. Pura cosa material, tangible. Pero los objetos también nos pueden hablar.

Veo en mi mano dos monedas. Una, un dólar de plata, grandota. Un dólar y sólo, y nada más, que eso. Ya ni recuerdo cuándo ni dónde la conseguí. La otra, del mismo tamaño, es pesada, también de plata. Tiene letras y números que algo dicen. Dicen que fue acuñada en Potosí en el año de 1803, con un valor de ocho reales, bajo el reinado de Carlos IV.

Al fin, quizá, un objeto valioso. Valor intrínseco: su peso en plata. Valor histórico: ocho reales de plata, al cabo una pieza no tan rara. Un detalle de la moneda le disminuye ambos valores, como un goterón de plata aplanado que mancha el centro de la efigie de Carlos IV.

Ahí está la diferencia. Porque yo sé que ése machucón significa que esa moneda estaba en la rastra de mi tatarabuelo. Que esa moneda de plata tiene una historia ligada a personas concretas, a varias vidas por las cuales pasó de mano en mano. Recuerdo familiar. Poco y muchísimo.

El amor por los objetos es cosa curiosa.

Un libro es un libro y más también. El libro admite casos patológicos de afición a su materialidad. En tiempos del PDF del eBook, el libro persiste en ser un objeto especial. El libro, la traducción, la edición, la editorial, por cuáles manos pasó, dedicatorias… vaya que el libro tiene connotaciones! Sí, pero también más de las aparentes.

Yo tuve un libro, un libro blasfemo: Mein Kampf. Un posible objeto más en la mesa de una librería. Un icono del exhibidor de un negocio de psicofachos (militaria, insignias, miniaturas, etc.).  El libro nazi, escrito por El nazi. Nada menos.

A más, era primera edición en castellano. La portada igual a la edición alemana coetánea del autor. Una… pieza de colección, al menos para los interesados en ése tipo de piezas.

Hasta ahí la pura apariencia. Lo que hay de más es que ése libro había sido de mi abuelo,  y luego de mi padre. Y a su turno mío. Leído prolijamente en los tres casos. Mi lectura fue a los, pongámosle, doce o trece años, cuando era rebeldemente facho, como a esa misma edad lo fueron…

Los objetos desligados de quien los piense, de quien porta en su memoria la historia que los connota y les da una entidad distitiva, no son nada, puro objeto, valor intrínseco y valor de cambio. En contacto con el portador de su historia son, en cambio, fragmentos de una humanidad que transmite su memoria a través de ellos, gambeteando al tiempo.

Cuando un objeto se pierde en el sinfín de los objetos sin sujeto, o cuando el portador de su historia muere sin poder transmitir la memoria de ellos, se pierde una pequeña porción de humanidad, desaparece un pequeño fragmento de vida en el océano cósmico del olvido.

El amor por los objetos es la enfática desesperanza por aferrarse a esos fragmentos de memoria, de indentidad, de lo que nos constituye.

Por eso es que puedo recordar, hasta con afecto, a ese libro blasfemo, a ese objeto maldito y execrado.

Junto a Mein Kampf, supe heredar muchos otros libros, algunos, de seguro se habrán peleado durante los largos años de encierro en una caja.

Heredé -¡junto a Mein Kampf!- un ejemplar de los Manuscritos de 1844. Marx, por si hace falta aclarar. Y un pequeño libro rojo, las Citas del Presidente Mao. No me pidan que explique qué hacían esas cosas todas juntas (algún testimoniio familiar habla de una militante china que mi viejo se habría querido levantar; todos hemos hecho cosas así, no?).

Así conocí a Malraux cuando todavía no me crecían pelos en la cara, y supe -mucho antes de que aparecieran documentales- del orígen francés de las doctrinas contrainsurgentes aplicadas en la Argentina, leyendo a Jean Larteguy y sus Centuriones.

Quizá tenía razón mi vieja, cuando me decía que era muy chico para leer esas cosas.

No tuve que desenterrar libros, estaban ahí, bien ordenados, esperando, esperándome.

Y ahí nos encontramos con El hombre que está sólo y espera -doblemente heredado: había sido también de mi abuelo- aunque sólo comenzé a entenderlo muchos, muchos años después.

La posesión de los objetos, de éstos objetos de los que hablo, es una manera de poseer la memoria, la identidad.

Entender esto es entender la violencia que acompaña a la desposesión, la esencialidad de la violencia que aqueja a los desposeídos, a los desposeídos no sólo de los medios materiales de subsistencia, sino de los objetos que les comunican su historia e identidad.

Poseer esos fragmentos de materialidad que a uno lo constituyen es, sin duda, ser un privilegiado.

El amor por los objetos, de ésos objetos, es la tenue conciencia de ese privilegio.

Alguna vez me han dicho que soy un conservador. Quizá con razón.

Publicado en  on Noviembre 18, 2009 at 4:52 pm Comentarios (3)
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Ya no [13.06.2001]

ya no creo que sea posible / descifrar para siempre / su felicidad

ya no creo que, jugando, la vida / marque las barajas / que van a salir

yo pensé que podía ganarme / el cariño de su alma / de cielos de abril

yo pensé que si todo lo daba / con eso bastaba / con eso nomás

yo pensé que en sus manos obreras / de tinta y papeles / podía descansar

si me he equivocado tantas ocasiones / por qué diferente / sería esta vez?

sin embargo, lo mismo que siempre / pensé que el destino / tendría mi bien

estudié las noticias del caso / las fuerzas en pugna / y me imaginé

que podía políticamente / unirme a la toma / del cuarto poder

qué curioso es cuando uno sueña / que a veces parece / que fuera verdad

y cayó mi castillo de naipes / sin darme ni cuenta / de torpe que fui

y se fueron volando mis sueños / por los adoquines / de garúa gris

yo pensé que en sus ojos oscuros / de dulce mirada / brillaba mi luz

yo creí que velando su sueño / hilaba el abrigo / de su padecer

yo podía quererla de veras / y ella no sabía / siquiera querer

y quedó en el umbral de la casa / esa madrugada / todo lo que di

y volaron dispersos los naipes / del pobre castillo / que quise construir

dibujé en el correr de las noches / sembradas de cuentos / el cuadro de mí

como manos que una a la otra / se tallan a trazos / grabados en gris

le contaba todas mis historias / leyendo sus líneas / en rojo punzó

pienso, ahora en noches como esta / que hay días que nunca / han de amanecer

no se puede jugar a arquitecto / con naipes de sueños / que al viento se van

le entregué en un librito de versos / todos los pasados / que supe vivir

inventé para ella un soneto / de magias y flores / que le regalé

nunca supo que fue la culpable / de que yo escribiera / mi verso mejor

pienso, si, justo en noches como estas / que aquella mañana / no debí despertar

no se pueden castillos de sueños / con torpe destreza / jugar a construir

porque son los sueños lo mismo que naipes / que el viento se lleva / que al viento se irán

Publicado en  on Noviembre 17, 2009 at 4:11 pm Dejar un comentario
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