
Hay una playa sin cielo, un verano sin Sol, pero con calor -¡y qué calor!- y con un aire que se resiste a ser respirado. La compañía telefónica dice que me regala cinco mil -¡cinco mil!- mensajes de texto para ser enviados en los próximos seis días. Y los disparo, como una ametralladora, todos, todos, en la misma dirección. Por momentos tengo miedo de que reboten y me hieran, de que me pidan basta ya, silencio, no jodas más. Pero sé que no podría mandar tantos para el mismo lado, ¿alguien podría? ¿alguien puede sostener una comunicación con 343 caracteres por dosis? Me desvío, tengo requerimientos, al parecer, urgentes, ¡qué quilombo que se armó! No entiendo nada, bah, en algún momento del culebrón creí que entendía, pero ahora ya no, yo, digo, y mi maldita honestidad intelectual -¡qué solemne expresión, cristiana!- que a cada paso me obliga a reconocer las fronteras sinuosas entre lo que sé –que creo saber, já- y lo que sé que ignoro, pero que, claro, a veces me adentro en ésa terra incógnita, deduciendo a tientas, infiriéndo cómo es que se puede continuar una penísnsula, sanateando, sí, sanatenado, pero ojo, eh, siempre con seguridad; porque el saber es un territorio, y nunca uno puede convencionalizar un límite sin otear, un poquito, más allá, jamás hay que firmar un contrato de vasallaje entre otro, alguno, autoridad, que tiene el saber, y enfeudarse al proveedor de ése saber, el saber no tiene dueño, no tiene autoridad –salvo los muertos, claro, los ilustres- pasa de mano en mano y se multiplica, existe en acto, el saber es territorio, hay que pisarlo, es más, pisotearlo bien, y mear en el piso, marcarlo, al territorio. Pero en esta, confieso, impune y honestamente, estoy en bolas. Llamo a mi amigo el economista de cabecera, no atiende, ¿por dónde putas andará? ¿De vacaciones en Valeria del Mar? ¿Con el celu apagado y jugando con los pibes en la pelopincho de su casa? Leo un poco, pero entiendo menos, mucha ambigüedad, negritudes informativas, cada vez comprendo menos el entuerto del asunto, tengo indicios, pero también me choco con mucha sanata del palo; ¿a mí me van a venir a sanatear? ¡Ja! Si yo soy experto en ése arte. Además, como me gusta ser abogado del diablo, termino impermeable a las verdades de barricada, que me gustaría que no, y que la vida me fuera más simple, pero no, pero no puedo, es más fuerte que yo. Lucho pregunta, repregunta e insiste, y yo no sé qué responderle: vamos a tomar una birra y olvidémosnos del quilombo, al fin y al cabo es verano, y los gobiernos nunca caen en verano. ¿Nunca? ¿Seguro? Uy, maldita costumbre de ponerlo en duda todo, de no querer redondear una frase sin tener antes la constatación precisa de lo dicho. No, así no se puede escribir nada, así nunca vas a terminar de escribir nada, metéle y seguí para adelante, total a quien carajos le va a importar. No, te digo que no, te lo prohíbo terminantemente, no te vas a levantar de la mesa, largar la compu e ir a buscar la historia de los meses en que los gobiernos cayeron. Sí, ya está, lo superé, sigo adelante, pude hacerlo, ¿viste, vos que estás allá, viste como pude, viste que lo logré? Y date cuenta de otra cosa, sí, a vos te digo, a vos te sigo diciendo, vos, que tenés miedo de que escriba disparates –que no los voy a escribir, no te preocupes, puedo parecer medio colifa, pero los pies los tengo en la tierra, bien hundidos, eso sí, medio sucios- date cuenta entonces, que tenés que volver, que sí, ya lo sé, vas a volver, pero date cuenta de que tenés que volver, por esto que escribo, por lo otro, por las dudas, por las deudas, por el nudo ése –carajo- que hay que desatarlo y dejar que se deshaga y quede en paz, en la suya. Porque yo te lo dije, aunque sepa poco, a veces sé mucho, ya lo viste vos que puedo ser así, y yo sé que la cosa no va por ahí, aunque a veces dudes, y ojo que me la voy a bancar, porque me la banco, porque estoy preparado para lo que sea, eso no te lo expliqué todavía, pero sí, no voy a derrapar, tengo paciencia, parece que no, que exhudo ansiedad, pero puedo esperar con una templanza que mí mismo me asombra. Como ahora, que siento que tengo que decir algo, escribir algo magistral, iluminador, pero la verdad que no sé, porque no entiendo, y ¿sabes qué? Si no me puedo mentir –en esto, al menos, en otras cosas ya ves que sí- tampoco puedo, y no me sale, mentirle a otros. Así que, así estoy, en blanco, con alguna idea rondando, pero todavía en gestación. Más vale, no puedo esperar toda la vida, ni vos, ni yo, ni los otros, porque capaz que cuando logre darle forma ya estamos yendo a montevideo con el pasaporte asustado. ¿Tremendista, no? Pero es que cualquier cosa puede pasar en este país de locos, de locura insana. Pero yo creo que no, como decía el amigo, seguro que en unos días todo se disipa, un ministro, ponéle, renuncia, y de vuelta a empezar, con las instituciones, la crispación y sarasa. Y los números, y el laburo, y los cafés –americano cortado por favor, para mí-, y las milyuna reuniones de autoayuda política. El año empieza, va empezando, ya pasaron diez días y estamos en el dosmildiez. ¡Dejáte de joder! ¿Dosmildiez dijiste? Sí, y como quien no quiere la cosa agarro la ametralladorita que me regaló la compañía telefónica y disparo otra ráfaga, y está bien, me decís que está bien, que mis sms’s están muy bien, a mí también, me gusta disparar, dispararte. Yo no sé qué va a pasar, con vos, conmigo, con el quilombo que se armó, lo que estoy seguro, segurísimo, es que desde que te fuiste no puedo parar de escribir. Así que volvé, porque quiero saber cómo sigue este experimento, quiero seguir escribiéndo cuando hayas vuelto, y en una de ésas para entonces el ministro renunció y mi amigo vuelve al quinto piso lleno de mármoles, y volvemos a las andadas, a hacer barullo, a predicar las veinte verdades, a salir en una catramina por la ruta compu en mano a ayudar a los compañeros, que nos necesitan, siempre nos necesitan, seremos giles pero hacemos lo que no hace nadie, o que nadie hace gratis. Y no hermano, yo sé Lucho que nos das un par de patadas en el culo a ver si reaccionamos, pero no depende sólo de mí, no sé por dónde andan los muchachos, es Enero, ¿qué querés? Y yo estoy en babia, en Saturno, todavía me estoy levantando de la última caída, no es fácil che. Entonces ya viste, vos que estás allá, no hice disparates, no me dí la cana, sanateé así, medio que sí, medio que no, pero vos sí lo vas a entender, vos sí. Volvé, cuando debas hacerlo, pero acá, volvé por favor.